domingo, 16 de enero de 2022

Tu esencia entre mis cosas

    Es curiosa la forma en la que a veces nos percatamos de las cosas, de lo que se volverá una rutina con el tiempo, algo cotidiano y repetitivo, agradable, esperado, deseado durante un tiempo de manera casi obsesiva, y que, sin embargo, hasta anoche ni me había dado cuenta. Tan solo es necesario un gesto, o una sucesión de ellos, de pequeños detalles que diariamente pasan desapercibidos, pero que una noche cualquiera adquieren de improviso una significación especial, igual que si fueran la milagrosa revelación de un hecho extraordinario. Fue así como ocurrió, con esa hermosa intrascendencia que en determinadas ocasiones convierte en importante lo que era simple naturalidad. 

    Todavía hoy, en este frío y luminoso mediodía de enero, mientras relleno el cuaderno de palabras con tinta azul que nacen de la pluma que un día me regalaste, soy capaz de vislumbrar y percibir lo que me ha llevado a recuperar una escritura que tenía casi olvidada: tu manera de entrar en la cama, frotándote las palmas y los dedos de las manos para que terminara de absorberse en la piel la crema que te habías puesto unos minutos antes; el olor de la colonia para bebés que te gusta echarte antes de dormir, igual que vienes haciendo desde hace años, cuando ni siquiera imaginabas mi existencia, y que te gusta sentir sobre el pijama y el cuerpo porque te ofrece una cándida sensación de frescura; las cosas de las que me hablas por las noches mientras te lavas la cara y te cepillas los dientes y te peinas de nuevo, y que yo escucho sin demasiada atención porque siempre llego a la cama antes que tú y me pongo a leer, pero las percibo en la corta distancia que separa tu cuarto de baño de nuestro dormitorio con una entrañable cualidad rutinaria, igual que si esa misma escena llevase repitiéndose durante décadas, aunque es imposible, porque no hace tanto que nos conocemos y que vivimos juntos, y a pesar de ello actuamos ya como un matrimonio de los de antes.

    Luego, te miro. Te observo tumbada a mi lado, dentro de la cama, bajo las sábanas que ya no sé comprar sin consultarte, sin preguntarte si las prefieres lisas o de rayas, anulado en mi capacidad de tomar ciertas decisiones, no por miedo a equivocarme o a que no te guste lo que elijo, sino porque disfruto yendo a la tienda contigo; porque hasta unas sábanas sin importancia se han transformado en irrefutables testigos de nuestra vida en común. Sin poder corroborar desde cuándo lleva sucediendo, he comprendido que me gusta mirarte sin que lo notes y grabar en mi memoria la forma en la que pasas las páginas de una novela en la cama o la cara de atención que pones durante una película, tu sonrisa al cocinar algo que te vino a la imaginación esa misma mañana, expectante mientras me llevo un poco de comida a la boca y aguardas con infantil nerviosismo un veredicto que sabes ganado con antelación.


    Con una pasmosa facilidad, he ido sustituyendo los hábitos y los recuerdos de este piso mío que ya es nuestra casa, y que rezuma de tu presencia en cada rincón. La sombra de tu imagen se vuelve tangible en el interior de los armarios, en los cajones que antaño eran solo para mí y que ahora compartimos con estudiada precisión para que ambos nos sintamos a gusto, en los innumerables botes de cosmética y productos femeninos que hasta hace un año eran inimaginables aquí, en este lugar al que entraste por primera vez en un mes de agosto y del que dijiste que se notaba que era de un hombre soltero porque los muebles y las lámparas y hasta las telas de las cortinas y las sillas te resultaban excesivamente masculinas. Colores, telas y fotografías que poco tienen en común con tu casa en Almería junto al mar, de paredes blancas sin cuadros y de cojines con flores, pero a los que has dotado con un algo tuyo que parecen haber sido escogidos por ambos, como si hubiesen perdido algo de su hombría. Con la misma sencillez con la que has ido aposentando tu esencia en cada habitación de este piso, te has apostado también en mi vida, sin hacer un ruido exagerado, durmiendo a mi lado cada noche, abrazándote a mi cuerpo al principio para separarte poco después, o siendo yo quien lo hace, sabiendo ambos en la oscuridad del dormitorio que tan solo es necesario alargar un poco el brazo para sentirnos el uno junto al otro, igual que nuestra ropa convive en los armarios o que cada uno tiene ya su lado de la cama y del sofá.


Para Aurora




martes, 18 de mayo de 2021

RESILIENCIA

 Esta entrada de blog fue escrita a modo de editorial para el nº 59 de la revista del IES La Madraza (Granada)

La primera vez que tuve noticias de esa palabra inmediatamente pensé que alguien la había escrito o dicho mal, y durante los siguientes días seguí con la confusa sensación de que el mundo entero se había contagiado no solo de un terrible virus que nadie sabía de dónde había surgido, sino también de una extraña forma de comunicarse que llevaba a la gente a cambiar la forma en la que se escriben o se dicen las palabras desde siempre, hasta que al final comprendí que el que estaba equivocado (una vez más) era yo; pero aún habría de pasar algo de tiempo para eso, convencido como andaba de que la resiliencia no era más que una moda de turno para hablar de resistencia, igual que esas efímeras pasiones que nacen y mueren hoy día a través de las redes sociales a una velocidad de cometa.

 

Seguramente, esa extraña palabra que la mayoría de las veces me cuesta pronunciar correctamente, continuaría hoy cubierta de polvo entre las páginas de un antiquísimo diccionario, si un neurólogo francés de origen judío no se hubiera empecinado en hacernos entender que hasta de la situación más trágica posible, se puede obtener algo positivo y salir fortalecido, aunque lo cierto es que yo no fui capaz de hallar nada de eso hasta unos meses después de haber oído o leído eso de la resiliencia. De modo que, por mucho que este señor se empeñara en ver el lado bueno de una pandemia, ninguno de nosotros estábamos preparados para lo que tuvimos que soportar o “invivir”, una palabra inventada por mí pero que me sirve para entender mejor el alcance de aquellos duros meses de confinamiento.

 

Quizá lo más difícil no se debió al hecho de no seguir haciendo la inmensa mayoría de las cosas cotidianas antes de que un real decreto nos encerrara en nuestras casas durante meses enteros, sino que, al menos para mí, lo más duro de todo fue que no tenía a nadie a mi lado con quien sobrellevar esos momentos. Sobrellevar. Por eso he escogido esa palabra, y no compartir, pues uno nunca desea compartir lo más trágico de la vida. Y de ese mismo modo, la pandemia por el virus del Covid-19 nos volvió resilientes y no resistentes.

 

Echando estos días la vista atrás, me doy cuenta de que no me resulta fácil explicar lo que significó el pasar aquel tiempo de encierro en completa soledad, “inviviendo” en un piso vacío de compañía y de muebles, sabiendo que mi familia se encontraba tan solo a unos pocos kilómetros y que ni siquiera podía ni debía ir a verlos. Al igual que la mía, cada uno tendrá su propia historia, algunas de ellas demasiado duras e impactantes, como la de ese periodista deportivo que dejó de tener noticias de su padre de la noche a la mañana, y cuando por fin pudo ir hasta su casa a buscarlo, preocupado, temiéndose lo peor, lo encontró muerto, sentado en el cuarto de estar con la televisión encendida. Sin embargo también hubo cosas positivas, pues la gente, una inmensa mayoría, se ha vuelto ahora más familiar, más cercana entre ellos. La pandemia los llevó a cocinar juntos; a practicar deporte juntos en el espacio reducido de un salón de un cuarto piso; a bailar con los vecinos del al lado a través de las terrazas y las videollamadas; a bailar de lejos, a pesar de que Sergio Dalma nos dijera hace ya treinta años que en realidad eso no es bailar; incluso han salido a los balcones a la misma hora para aplaudir juntos a personas que nunca conocerán, aun cuando parecía que no había ningún motivo por el que aplaudir.

 

Así que, aunque tan solo varíe en unas letras, y a pesar de que cuando tengo que usarla la digo erróneamente y los alumnos de mi tutoría de 2º ESO-B se ríen de mí por no ser capar de pronunciarla de forma correcta, confieso que me gusta mucho esa nueva palabra de la resiliencia, pues en ella se encuentra todo lo bueno que hay en las personas cuando, en los momentos más terribles, deciden sumar sus fuerzas para salir hacia delante.




domingo, 11 de abril de 2021

CULTUROUT

Esta entrada ha sido escrita con entusiasmo y cariño para Futura, la edición especial de número único impresa, como parte de las actividades conmemorativas de la Semana de la Ciencia-Ficción, del IES La Madraza (Granada).      

   Había llegado más cansado que otros días, aunque lo que llevaba abrigando Milton Samperio desde hacía unas cuantas semanas ya, no era del todo cansancio, sino una confusa impresión de hastío, de que su trabajo carecía de sentido. Se desnudó frente al espejo del dormitorio y se dio luego una ducha con más calma de la habitual, sin importarle que el detector automático de registro le advirtiera del excesivo gasto de agua, pues desde hacía un año se venía racionalizando el consumo semanal en cada unidad familiar. Se preparó algo parecido a una cena en el microondas, y mientras terminaba de hacerse, bloqueó el aparato de vigilancia doméstica tal y como le había enseñado a hacerlo un compañero de la oficina, sin peligro de que saltara el aviso de fallo en el sistema, y se aseguró a continuación de que todas las persianas quedasen completamente bajadas. Extrajo entonces del doble fondo del armario de su dormitorio, la caja donde guardaba las películas prohibidas que había ido sacando a escondidas del almacén del Servicio Nacional de Confiscación, donde llevaba trabajando dos años, inventariando y clasificando las historias cinematográficas que, en diferentes soportes digitales,  eran requisadas cada día por orden del Ministerio Cultural de Reeducación. 

    La prohibición vino con la última crisis económica, que se volvió una crisis social, a raíz de una película en la que se ponía de manifiesto la enorme corrupción de la clase política. El argumento resultaba tan verídico, que la gente empezó a cuestionarse el papel del gobierno. A los pocos días del estreno la muchedumbre se lanzó a la calle. Primero lo hizo de forma pacífica, debatiendo en asambleas celebradas en las plazas y ofreciendo proclamas sobre la necesidad de un cambio profundo. Luego esa misma muchedumbre dejó de hablar y de discutir, y comenzó la violencia, destrozando y saqueando todo cuanto encontraba a su paso, y solo después de dos meses de conflictos, la vida recuperó su pulso; pero a partir de entonces, las películas se declararon perjudiciales para la convivencia; los cines fueron clausurados; y todo aquel que no entregaba las suyas, corría el riesgo de ser denunciado y condenado a un programa de reinserción moral.

     Con el pelo todavía mojado, Milton Samperio dudó entre una amalgama de títulos de los años 60 del siglo pasado, y solo cuando escuchó el timbrazo del microondas se decidió a coger El tiempo en sus manos, que siempre fue su favorita. Se preparó una bandeja con aquel mejunje proteínico y un vaso grande de agua, porque el alcohol llevaba prohibido desde los días de los últimos disturbios en la capital del país, de modo que la cerveza o el vino que bebía, lo hacía a través de aquellas películas  clandestinas de las que nunca se atrevió a hablarle a nadie. A la espera de que acabaran los repetitivos anuncios sobre conducta ciudadana, de obligada visualización en cualquier televisión que se encendiese a la hora que fuera, terminó de engullir aquella insípida comida que cenaba casi a diario. 

    Como en otras ocasiones, se quedó dormido un poco antes de que acabara la historia, y solo al despertar se dio cuenta de que había soñado con un mundo en el que se prohibían las películas, pero le pareció tan real, que sintió un sudor frío, y tuvo que echarse un poco de agua en la cara y en la nuca para cerciorarse de que realmente estaba despierto. Desconcertado, trató en vano de encontrar dentro del armario del dormitorio el doble fondo que vio en el sueño, sin embargo las únicas películas que descubrió en su casa estaban a la vista de cualquiera. Buscó entonces en el periódico la sección de cultura para ver los estrenos de la semana y comprobar así que las salas de cine continuaban abiertas, pero no halló nada, y las únicas noticias con las que tropezaba se referían constantemente a la crisis económica que parecía no tener fin. Decepcionado, recogió un poco la cocina y decidió irse a dormir.                                                     

    Ya en la cama, miró con nostalgia la fotografía de su esposa que tenía sobre la mesilla de noche, de quien seguía enamorado como el día que la conoció, y al recordar de pronto que estaba de viaje, se dio cuenta de lo mucho que odiaba dormir solo. Le costó demasiado conciliar el sueño, en parte porque le había sentando mal la cena y tenía un ligero ardor en el estómago, y en parte porque las sirenas de la policía no cesaron de sonar hasta bien entrada la madrugada, y a pesar de que le extrañó tanto alboroto en las calles, tuvo más pereza que curiosidad, de modo que no se levantó para mirar por la ventana, seguro de que alguien se lo contaría al día siguiente en la oficina.

    Al despertar notó que ya no le dolía el estómago, aunque la cena le había mermado las ganas de desayunar, por lo que se dijo que solo tomaría un poco de té. Se incorporó de la cama con una falsa impresión de resaca, y al buscar las zapatillas de felpa, descubrió con extrañeza que sobre la mesilla de noche únicamente había una fotografía suya en un día soleado de playa. Sin entender del todo, fue hasta el cuarto de baño, y al pasar junto al armario, lo abrió,  y comprobó atónito que no había una sola prenda de mujer en su interior, pero sí un hueco vacío. Comenzó entonces a angustiarse, a recorrer las habitaciones del piso en busca de una huella de su esposa, pero lo único que encontró fueron decenas de películas esparcidas encima de los muebles y las mesa, por la encimera de la cocina, en el suelo, sobre la alfombra, junto a un par de botellas de vino vacías. Observó todo a su alrededor con un pánico desconcertante, y al escuchar de nuevo las sirenas de la policía se bloqueó por completo sin entender qué estaba ocurriendo. 

    Fue entonces cuando la vio, colgando de un pequeño enganche junto a las llaves del piso. Como si fuese a cámara lenta, se acercó hasta la pared y allí encontró su tarjeta identificativa como operario del Servicio Nacional de Confiscación. Sin reaccionar, sintió los golpes al otro lado de la puerta de entrada; después oyó su nombre, el ladrido de unos perros aproximándose, y al final solo vio una claustrofóbica oscuridad. 




lunes, 8 de febrero de 2021

Última función

Le sobresaltó la rotundidad de los golpes al otro lado de la puerta, incongruentes con la voz juvenil que le avisaba de que tan solo quedaban treinta minutos para su actuación. Cuando se supo de nuevo a solas, oyendo desde el interior los pasos alejándose sobre la grava del suelo, volvió a coger la esponja de maquillaje y continuó empolvándose la nariz y la cara, y al terminar permaneció un rato en silencio observando su rostro cansado y viejo en el espejo en el que aún no había sustituido un par de bombillas fundidas. Con la espalda dolorida por el peso de los años, se levantó trabajosamente de la silla para cerciorarse de que había echado el pestillo a la puerta nada más despertar de la siesta; corrió luego la cortina de la ventana trasera de su roulotte,  y a salvo ya de interrupciones y clandestinas miradas, sacó de nuevo la botella medio vacía de ginebra que guardaba ingenuamente  en una caja de zapatos, como si aquel fuera el mejor escondite del mundo. Buscó sin éxito un vaso vacío entre las muchas pertenencias desordenadas que había ido acumulando con el paso del tiempo, y después de un resoplido de fastidio, decidió beber directamente de la botella, a pesar de que nunca le gustó hacerlo de ese modo, pues siempre consideró que aquella era la forma en la que bebían los borrachos indignos. Utilizando una de las toallas de papel con las que se limpiaba los restos del maquillaje al concluir cada actuación, se secó las gotas de ginebra y saliva que se le derramaron por la barbilla mal afeitada con el primer trago, y fue entonces cuando se percató de que aquella iba a ser la última botella que se bebería en su vida, riendo para sí con gran sarcasmo, y celebró su propio hallazgo con un nuevo trago más largo que el anterior.


A pesar de que todavía le quedaba tiempo de sobra, decidió vestirse ya con el uniforme que se había convertido en una segunda piel durante los últimos veinticinco años, tan lleno de remiendos como lo estaba su cuerpo de cicatrices, sin conceder nunca un cambio significativo en su estética o un signo de modernidad;  el uniforme plateado con estrellas naranjas bordadas en los laterales de las mangas y de las perneras del pantalón, y el casco blanco con las letras de su nombre ficticio grabadas en la parte trasera con un color de rojo fuego, porque aquel atuendo era parte de la magia del hombre-bala, el mismo que había dejado boquiabiertos a niños y mayores, rompiendo luego en un estruendo de aplausos que cada vez era menos ruidoso. 


Mientras iba dejando de ser él mismo y se convertía por última vez en el fantástico hombre-bala, se dedicó a observar con nostalgia las fotografías en blanco y negro que decoraban aquella caravana que hacía las veces de vivienda, camerino y escondrijo de un mundo en el que ya no deseaba continuar actuando. Al verlas, sintió una punzada de tristeza y miseria, y solo entonces vislumbró con una transparencia de vitrina lo que ya intuía desde hacía tiempo: que la gente ya no necesitaba de sus saltos imposibles y heroicos, y que su espectáculo, el circo entero, se había convertido en una antigualla de épocas mejores, así que adónde iba ir él, a sus cincuenta y tres años, que no había hecho otra cosa en la vida salvo volar desde un cañón descomunal hasta una red situada al otro extremo de una explanada yerma y sucia. De manera que tomó la decisión en una de las pocas tardes sin alcohol; una tarde de abstinencia en la que se convenció de que no seguiría ni un día más arrastrándose por pueblos y ciudades en los que cada vez eran menos los elogios y más los abucheos y las humillaciones de adolescentes desvergonzados a quienes su salto les parecía un truco de segunda categoría. Cuando terminó de cerrarse las cremalleras del traje y de abrocharse la hebilla de su galáctico cinturón, se bebió lo poco que quedaba ya en la botella, y tras un nuevo vistazo al interior de su particular universo, abrió la puerta y salió dispuesto a ofrecerle al público de esa noche un espectáculo inolvidable.


No sin dificultad, subió hasta la plataforma situada a la altura de la boca del cañón. Con cada peldaño que dejaba atrás, iba recordando algunas de sus actuaciones más memorables. El proyeccionista encargado de iluminar con el foco su figura espacial a cada instante, se percató de que ascendía más trabajosamente que de costumbre, pero no le dio demasiada importancia, pues todos en la familia del circo estaban al corriente de su afición a la bebida en los últimos tiempos. Lo que el proyeccionista no intuía, como tampoco nadie lo supo jamás, es que alguien ayudó al hombre-bala esa misma mañana a desviar el cañón de su posición original para que resultara del todo imposible que cayese sobre la red. Con una sonrisa de liberación en la boca, realizó desde lo alto de la plataforma su saludo habitual, y se introdujo en la oscuridad cóncava sin fisuras del cañón; una vez dentro, sin que nadie pudiera verlo ni tampoco evitar que lo hiciera, se desabrochó el correaje del casco y se lo quitó. Desde el interior de su cueva, escuchó una última vez la cuenta atrás que, desde el número diez, el público solía corear, animado por el director de pista, antes de que la mecha que lo lanzaría a la inmortalidad se prendiese.


Solamente unos cuantos espectadores se percataron desde el instante mismo en el que su cuerpo salió expulsado, de que llevaba el casco entre sus manos. Unos segundos después, el rumor se extendió de inmediato casi con la misma velocidad con la que su figura ascendía hasta el infinito, y para cuando llegó a oídos del director, todo era ya demasiado tarde. Su cuerpo se precipitó al vacío con una fuerza desproporcionada, y el impacto de su cabeza contra el suelo le provocó una muerte inmediata. Algunos entre el público gritaron aterrorizados, pero la mayoría enmudeció, sin entender el porqué de aquel despropósito, ignorantes por completo de las estrecheces que arrastraba consigo, de sus penurias, de los sueños que a veces tuvo, y desconocedores hasta de su nombre real, pues siempre permaneció en la memoria de la gente como el fantástico hombre-bala.







 

domingo, 15 de noviembre de 2020

Libros de otros

He tratado de imaginar quiénes escribieron cada una de las frases que han quedado cinceladas para siempre en ese libro, porque a juzgar por los tipos de letra que he encontrado, creo que no me equivoco al pensar que fueron varias las personas que lo hicieron, pero no lo consigo; y aunque intentara ponerle un nombre y un rostro a cada uno de ellos, todo ese esfuerzo sería en vano, pues dudo que alguna vez llegue siquiera a descubrirlos con la veracidad que tuvieron sus vidas en el tiempo de los vivos.

 

La primera de ella es toda una declaración de intenciones; o un regalo; como lo fue para mí después de que ella lo encontrara en un puesto de libros de segunda mano en Sevilla, en el polígono de san Pablo, como si fuera una premonición de que algún día iba a acabar en mis manos, apenas unas semanas después --quizá fueron meses-- de que le dijera que quería leer las Cartas a Theo que Van Gogh le escribió a su hermano, y que ahora, gracias a ella, tengo en una curiosa edición del año 1971. Tan solo una frase sencilla pero que atesora todo cuanto uno espera de una obra tan personal como esa: “este libro es una joya”. Luego, una obligada recomendación para que siga circulando por el mundo, entre la vida de la gente: “cuidadlo”. Para que pueda continuar recorriendo un camino que le ha llevado desde no se sabe dónde, hasta mi casa de Granada cuarenta y nueve años después. Ambas frases, escritas  con bolígrafo azul por la misma mano, están justo al principio, con la idea de que uno las vea nada más abrir la parte delantera de la cubierta, igual que una invitación a entrar en el particular universo del malogrado pintor postimpresionista.

 

Las otras están justo al final, manuscritas en rojo y en azul, tan distintas entre sí, no solo en su peculiar caligrafía, sino también en lo que dicen o en la forma de decirlo, compartiendo únicamente los tachones de unas primeras ideas que por alguna razón a ninguno llegó a convencer.  Una parece la parte inacabada de un poema algo más largo. O quizá son solo unas pocas reflexiones personales de alguien que pasaba un mal momento. O tal vez simplemente le gustase escribir cosas tristes --como afirman algunos que hago yo--, y le vinieran de pronto a la cabeza y no halló un lugar más apropiado en el que anotarlas antes de que se desvanecieran para siempre. La otra tiene una letra que me recordó nada más verla a la de aquellos documentos fotocopiados que tratábamos de descifrar en las clases de Paleografía de la universidad, y que tantas sorpresas nos depararon a mis compañeros y a mí. Sin embargo, esta caligrafía de la cubierta trasera del libro, nada tiene que ver con los antiguos contratos de obras de arte que el profesor Lázaro Gila nos entregaba para practicar, sino que parece ser que trata de una película titulada La comedia de la vida, porque escribe sobre la dirección y los actores y sobre cómo estos no lograron una interpretación más sublime, opinando igual que lo haría un experto en la materia, como si fuesen unos rápidos apuntes para una charla, o eso quiero pensar, aunque ignoro por completo a cuál de las versiones se refiere, pues su escritura es tan hermosa como enrevesada.

 

Tal vez, cuando termine de leerlo, escriba yo también en alguna de las páginas. Quizá lo haga bajo la sugerente frase inicial, o después de esa especie de versos tan amargos; y si al final me decido a escribir algo, lo haré con esa letra de médico que dicen que tengo mis alumnos y amigos, pero que a mí me gusta tanto porque sencillamente es la mía. Así que tal vez me decida a dejar mi impronta en ese libro y después me desprenderé de él para que prosiga su viaje interminable, y  de esa forma alguien podrá leer en el futuro lo que yo escribí también en ese libro que fue de otros.


A Mady, con cariño.     


   












 

lunes, 24 de agosto de 2020

En la ciudad perdida

 No sé si soy yo o es la ciudad, que está como perdida, desdibujada, que ha extraviado la hermosura de su esencia, ausente de sí misma, igual que una anciana que hubiera olvidado dónde vive o cómo se llama. Desde hace tiempo, a mi alrededor solo encuentro calles y plazas en las que apenas consigo ya identificarme, pues todo en ellas es demasiado distinto, tanto, que me cuesta mucho disfrutar cuando deambulo por las aceras de esta Granada que cada vez siento menos mía. Todo es distinto y a la vez tan parecido, que no importa que estas amargas palabras se refieran a mi ciudad o a otra cualquiera, porque apenas existen ya entre ellas unas pequeñas diferencias; si acaso, la de los monumentos que, como raras avis, se erigen todavía en este mar de franquicias de locales de comida rápida y tiendas de colonias, de marcas de ropa que a fuerza de encontrarnos una y otra vez con ellas nos empujan a vestir todos iguales, uniformados con pasajeras prendas y efímeras tendencias que aparecen y desaparecen con la misma avidez con la que se adueñan de los locales en los que antaño había una zapatería de siempre, una tienda de sombreros o corbatas, una pequeña librería de viejo, una tienda de lámparas, un bar plagado de fotografías en blanco y negro y una barra de aluminio, una cafetería como el Lisboa, con sus sillas y mesas de madera y sus enormes ventanales a través de los que uno disfrutaba viendo a la gente caminar por la calle Reyes Católicos o en Plaza Nueva, sin que los políticos locales hagan nada por evitar esta tragedia.

He tratado de volver a algunos de los sitios en los que permanecían anclados los recuerdos de mi vida y es casi imposible no sentir una honda impresión de vacío, de que nada permanece como yo lo recordaba, completamente abandonados o desmantelados, transformados, cambiados por una fealdad inexplicable o simplemente cerrados, tantos años y tantas vivencias después, igual que le ha sucedido al Café Lisboa, que se ha ido para siempre, y con él, las historias de la gente que alguna vez entró allí, igual que esos pueblos que quedaron sumergidos bajo las mortecinas aguas de un pantano cualquiera, ahogando eternamente las voces que una vez hubo en sus calles. 

He intentado recordar cuándo fue la primera vez que estuve allí, en el Lisboa,  degustando un café y un dulce de hojaldre, pero me ha resultado del todo imposible, pues ni siquiera me acuerdo de si era un frío anochecer de invierno o una calurosa tarde de verano, de esta Granada en la que la primavera pasa siempre de puntillas. Sin embargo, aun tengo muy presente las dos últimas veces que acudí, acompañado de alguien que ya es indivisible de mi vida, después de que volviésemos de la Alhambra en la penúltima de esas ocasiones, de que viésemos cómo el Sol caía sobre los edificios y las azoteas y las cubiertas de la Catedral y de la Capilla Real; de teñir lo poco que queda ya de la vega de Granada con una coloración anaranjada que parecía sacada de un cuadro impresionista, y acabar después en el Lisboa, en una tarde que a duras penas podría volverse más inolvidable, pero que ya jamás podrá ser posible. 

Ahora, sentando frente al ordenador, mientras repaso las notas que torpemente escribí tumbado sobre la arena de la playa del Algarrobico, leyendo las líneas que escribí en las amarillentas hojas de un cuaderno que mi amigo Juan Borrás me regaló, pienso de nuevo en el Café Lisboa y no puedo dejar de arrepentirme por no haber ido allí más veces. Y no puedo evitar que una amarga culpabilidad se me cruce en el pensamiento, como si,  de alguna forma, mi ausencia de tantas mañanas y tardes en las que no pude acudir hubiera contribuido a la agonía de su cierre.



 

 

miércoles, 10 de junio de 2020

El palo y la astilla

Como cada domingo a esas horas, la televisión llevaba ya un rato encendida y ella esperaba sentada en el sillón a que comenzase el concurso que tanto le gustaba y que seguía viendo cada último día de la semana con una fidelidad de trienios. Se había cubierto las piernas con la falda de la mesa camilla y le había pedido al hijo que le encendiera el brasero porque tenía más frío que de costumbre, pues siempre había sido una mujer friolera, hasta el punto de ducharse en los mediodías de verano con el calentador encendido porque no soportaba la sensación del agua fría sobre su piel. Le gustaba estar cómoda en casa, de modo que cuando regresó de misa y terminó de colocar dentro de un jarrón con agua las flores que compró en uno de los quioscos de la plaza del General Orduña, se cambió de ropa y se puso el chándal que el hijo le había regalado por su último cumpleaños: sobrio en colores, la tela cortada casi sin gracia, aquella prenda era tan anodina que parecía más un doméstico uniforme diseñado para ocultar cualquier vestigio de la anatomía femenina. Sin embargo, a él le resultaba inconcebible imaginar a su madre vestida con aquellas coloridas ropas de deporte con la que muchas señoras, embutidas en ellas con una tirantez casi ordinaria, iban ataviadas por la calle o en el gimnasio del barrio.

Sentado en otro sillón a su lado, tratando de leer el periódico sin conseguirlo por culpa del volumen tan alto al que su madre se había acostumbrado a oír la televisión desde hacía unos cuantos meses, se descubrió a sí mismo contemplándola, el periódico abierto entre las manos por la sección de deportes, sonriendo levemente al ver cómo ella iba respondiendo con inaudibles palabras a las preguntas que los concursantes eran incapaces de adivinar. Se fijó primero en las manos, en la curiosa forma en la que la piel de su madre se había ido arrugando en los últimos años, elevándose y hundiéndose igual que diminutas dunas de arena rosácea que se extendían hasta los dedos, pues a diferencia de algunas de las amigas de su madre, a ella no le habían salido aquellas incontables manchas que aparecen en la piel de los viejos igual que estigmas de su edad. Luego observó con detenimiento la cara, los ojos verdes, la nariz aún algo afilada, sus pequeñas orejas sin pendientes, el pelo blanco, lo bien peinada que iba siempre, la carnosa redondez de los pómulos, las mejillas ya flácidas que él había besado tantas veces de niño y que ahora tan solo volvía a ellas en contadas ocasiones, no por pudor o vergüenza, sino porque un día cualquiera dejó de hacerlo y perdió la costumbre. Quizá, desde que ella enviudó; desde que estuvo sumida más de un año en una oscuridad irreconocible, sin ganas de salir a la calle o de viajar, a pesar de que le había prometido al esposo antes de morir que viviría por los dos mientras pudiera; pero se olvidó de hacerlo igual que el hijo había olvidado lo que era besar diariamente las mejillas de su madre con la frecuencia infantil de antaño.

Mirándola, se acordó súbitamente de una fotografía en blanco y negro en la que su madre aparecía junto a unas antiguas compañeras y se preguntó al ver lo cambiada que estaba, cuánto quedaría aún en ella de aquella joven que posaba risueña en las escaleras de la Facultad de Medicina, porque tenía la extraña sensación de que su madre no envejeció de una forma lenta y progresiva, sino que se había hecho mayor de golpe. Se dio cuenta ya en los primeros días, cuando decidió irse a vivir con ella tras su divorcio para que así la madre no estuviera tanto tiempo sola. Le repetía al hijo las cosas con un intervalo de horas o se angustiaba por no encontrar algo que había tenido en las manos minutos antes y no sabía dónde lo dejó; incluso ahora tenía que sentarse a descansar en cuanto volvía del supermercado o la pescadería, sin rastro ya del ímpetu que tuvo hasta hace poco y que al hijo siempre le resultó algo admirable. 

De manera inesperada, la madre se volvió un momento hacia él para ver qué estaba haciendo, y cuando las miradas de los dos se encontraron, ella le sonrió con aquel gesto tan característicos suyo en el que entornaba un poco los ojos y movía sutilmente la cabeza y formaba con sus labios una mueca silenciosa de orgullo o de alegría, pues en esos fugaces momentos nunca decía nada, así que era difícil adivinar lo que pensaba, y después siguió viendo el concurso de la televisión. Unos pocos minutos después, tras renunciar a la lectura del periódico, el hijo le preguntó si quería que le preparase ya la cena, pero ella no le escuchó. A pesar de ello, él se levantó del sillón dispuesto a traerle algo caliente de la cocina, no sin antes acercarse hasta ella y darle un beso en la cara. La madre lo miró fijamente, algo sorprendida; lo vio perderse en la oscuridad del pasillo, recordó lo mal que este lo había pasado con el divorcio, y cuando dejó de verlo, pensó en lo mayor que se estaba haciendo su hijo.