lunes, 24 de agosto de 2020

En la ciudad perdida

 No sé si soy yo o es la ciudad, que está como perdida, desdibujada, que ha extraviado la hermosura de su esencia, ausente de sí misma, igual que una anciana que hubiera olvidado dónde vive o cómo se llama. Desde hace tiempo, a mi alrededor solo encuentro calles y plazas en las que apenas consigo ya identificarme, pues todo en ellas es demasiado distinto, tanto, que me cuesta mucho disfrutar cuando deambulo por las aceras de esta Granada que cada vez siento menos mía. Todo es distinto y a la vez tan parecido, que no importa que estas amargas palabras se refieran a mi ciudad o a otra cualquiera, porque apenas existen ya entre ellas unas pequeñas diferencias; si acaso, la de los monumentos que, como raras avis, se erigen todavía en este mar de franquicias de locales de comida rápida y tiendas de colonias, de marcas de ropa que a fuerza de encontrarnos una y otra vez con ellas nos empujan a vestir todos iguales, uniformados con pasajeras prendas y efímeras tendencias que aparecen y desaparecen con la misma avidez con la que se adueñan de los locales en los que antaño había una zapatería de siempre, una tienda de sombreros o corbatas, una pequeña librería de viejo, una tienda de lámparas, un bar plagado de fotografías en blanco y negro y una barra de aluminio, una cafetería como el Lisboa, con sus sillas y mesas de madera y sus enormes ventanales a través de los que uno disfrutaba viendo a la gente caminar por la calle Reyes Católicos o en Plaza Nueva, sin que los políticos locales hagan nada por evitar esta tragedia.

He tratado de volver a algunos de los sitios en los que permanecían anclados los recuerdos de mi vida y es casi imposible no sentir una honda impresión de vacío, de que nada permanece como yo lo recordaba, completamente abandonados o desmantelados, transformados, cambiados por una fealdad inexplicable o simplemente cerrados, tantos años y tantas vivencias después, igual que le ha sucedido al Café Lisboa, que se ha ido para siempre, y con él, las historias de la gente que alguna vez entró allí, igual que esos pueblos que quedaron sumergidos bajo las mortecinas aguas de un pantano cualquiera, ahogando eternamente las voces que una vez hubo en sus calles. 

He intentado recordar cuándo fue la primera vez que estuve allí, en el Lisboa,  degustando un café y un dulce de hojaldre, pero me ha resultado del todo imposible, pues ni siquiera me acuerdo de si era un frío anochecer de invierno o una calurosa tarde de verano, de esta Granada en la que la primavera pasa siempre de puntillas. Sin embargo, aun tengo muy presente las dos últimas veces que acudí, acompañado de alguien que ya es indivisible de mi vida, después de que volviésemos de la Alhambra en la penúltima de esas ocasiones, de que viésemos cómo el Sol caía sobre los edificios y las azoteas y las cubiertas de la Catedral y de la Capilla Real; de teñir lo poco que queda ya de la vega de Granada con una coloración anaranjada que parecía sacada de un cuadro impresionista, y acabar después en el Lisboa, en una tarde que a duras penas podría volverse más inolvidable, pero que ya jamás podrá ser posible. 

Ahora, sentando frente al ordenador, mientras repaso las notas que torpemente escribí tumbado sobre la arena de la playa del Algarrobico, leyendo las líneas que escribí en las amarillentas hojas de un cuaderno que mi amigo Juan Borrás me regaló, pienso de nuevo en el Café Lisboa y no puedo dejar de arrepentirme por no haber ido allí más veces. Y no puedo evitar que una amarga culpabilidad se me cruce en el pensamiento, como si,  de alguna forma, mi ausencia de tantas mañanas y tardes en las que no pude acudir hubiera contribuido a la agonía de su cierre.



 

 

miércoles, 10 de junio de 2020

El palo y la astilla

Como cada domingo a esas horas, la televisión llevaba ya un rato encendida y ella esperaba sentada en el sillón a que comenzase el concurso que tanto le gustaba y que seguía viendo cada último día de la semana con una fidelidad de trienios. Se había cubierto las piernas con la falda de la mesa camilla y le había pedido al hijo que le encendiera el brasero porque tenía más frío que de costumbre, pues siempre había sido una mujer friolera, hasta el punto de ducharse en los mediodías de verano con el calentador encendido porque no soportaba la sensación del agua fría sobre su piel. Le gustaba estar cómoda en casa, de modo que cuando regresó de misa y terminó de colocar dentro de un jarrón con agua las flores que compró en uno de los quioscos de la plaza del General Orduña, se cambió de ropa y se puso el chándal que el hijo le había regalado por su último cumpleaños: sobrio en colores, la tela cortada casi sin gracia, aquella prenda era tan anodina que parecía más un doméstico uniforme diseñado para ocultar cualquier vestigio de la anatomía femenina. Sin embargo, a él le resultaba inconcebible imaginar a su madre vestida con aquellas coloridas ropas de deporte con la que muchas señoras, embutidas en ellas con una tirantez casi ordinaria, iban ataviadas por la calle o en el gimnasio del barrio.

Sentado en otro sillón a su lado, tratando de leer el periódico sin conseguirlo por culpa del volumen tan alto al que su madre se había acostumbrado a oír la televisión desde hacía unos cuantos meses, se descubrió a sí mismo contemplándola, el periódico abierto entre las manos por la sección de deportes, sonriendo levemente al ver cómo ella iba respondiendo con inaudibles palabras a las preguntas que los concursantes eran incapaces de adivinar. Se fijó primero en las manos, en la curiosa forma en la que la piel de su madre se había ido arrugando en los últimos años, elevándose y hundiéndose igual que diminutas dunas de arena rosácea que se extendían hasta los dedos, pues a diferencia de algunas de las amigas de su madre, a ella no le habían salido aquellas incontables manchas que aparecen en la piel de los viejos igual que estigmas de su edad. Luego observó con detenimiento la cara, los ojos verdes, la nariz aún algo afilada, sus pequeñas orejas sin pendientes, el pelo blanco, lo bien peinada que iba siempre, la carnosa redondez de los pómulos, las mejillas ya flácidas que él había besado tantas veces de niño y que ahora tan solo volvía a ellas en contadas ocasiones, no por pudor o vergüenza, sino porque un día cualquiera dejó de hacerlo y perdió la costumbre. Quizá, desde que ella enviudó; desde que estuvo sumida más de un año en una oscuridad irreconocible, sin ganas de salir a la calle o de viajar, a pesar de que le había prometido al esposo antes de morir que viviría por los dos mientras pudiera; pero se olvidó de hacerlo igual que el hijo había olvidado lo que era besar diariamente las mejillas de su madre con la frecuencia infantil de antaño.

Mirándola, se acordó súbitamente de una fotografía en blanco y negro en la que su madre aparecía junto a unas antiguas compañeras y se preguntó al ver lo cambiada que estaba, cuánto quedaría aún en ella de aquella joven que posaba risueña en las escaleras de la Facultad de Medicina, porque tenía la extraña sensación de que su madre no envejeció de una forma lenta y progresiva, sino que se había hecho mayor de golpe. Se dio cuenta ya en los primeros días, cuando decidió irse a vivir con ella tras su divorcio para que así la madre no estuviera tanto tiempo sola. Le repetía al hijo las cosas con un intervalo de horas o se angustiaba por no encontrar algo que había tenido en las manos minutos antes y no sabía dónde lo dejó; incluso ahora tenía que sentarse a descansar en cuanto volvía del supermercado o la pescadería, sin rastro ya del ímpetu que tuvo hasta hace poco y que al hijo siempre le resultó algo admirable. 

De manera inesperada, la madre se volvió un momento hacia él para ver qué estaba haciendo, y cuando las miradas de los dos se encontraron, ella le sonrió con aquel gesto tan característicos suyo en el que entornaba un poco los ojos y movía sutilmente la cabeza y formaba con sus labios una mueca silenciosa de orgullo o de alegría, pues en esos fugaces momentos nunca decía nada, así que era difícil adivinar lo que pensaba, y después siguió viendo el concurso de la televisión. Unos pocos minutos después, tras renunciar a la lectura del periódico, el hijo le preguntó si quería que le preparase ya la cena, pero ella no le escuchó. A pesar de ello, él se levantó del sillón dispuesto a traerle algo caliente de la cocina, no sin antes acercarse hasta ella y darle un beso en la cara. La madre lo miró fijamente, algo sorprendida; lo vio perderse en la oscuridad del pasillo, recordó lo mal que este lo había pasado con el divorcio, y cuando dejó de verlo, pensó en lo mayor que se estaba haciendo su hijo.


miércoles, 18 de marzo de 2020

La soledad del escriba

Por alguna extraña razón siempre lo imaginé más grande, más alto, casi del tamaño de una persona de estatura media, quizá como yo cuando era un niño bastante bajito, pues grandeza y altura son dos cualidades físicas que la vida nunca quiso regalarme. Pensé también que lo vería mucho antes; no ahora, dieciocho años después de concluir mis estudios de Historia del Arte, aprovechando un viaje con mis alumnos de bachillerato a Paris; ese lugar al que siempre quise ir y al final acababa traicionando por otro destino que juzgaba yo entonces más prometedor; entendiendo ahora lo equivocado que estuve cada vez que le di la espalda a la ciudad que vio nacer a Édith Piaf, porque de eso sí que la vida me ha colmado hasta quedar exhausto: la facultad innata de tomar siempre malas decisiones…

Ni siquiera lo busqué directamente cuando accedí con mis compañeros y alumnos al interior del Museo del Louvre, ansioso como andaba por empezar un recorrido entre tantas obras maestras, que incluso antes de comenzar me embargó la terrible sensación de que el tiempo transcurría a un ritmo demasiado acelerado, como si cada minuto que pasábamos en el vestíbulo de La Pirámide fuese ya un momento desperdiciado de mi vida. Pero lo cierto es que no puedo quejarme. Cómo va uno a protestar cuando tiene la inmensa fortuna de deambular entre las pinturas de Gericault, Ingres y Delacroix; cuando ha podido observar La Gioconda casi completamente a solas, sin ese muro de inacabables turistas que lo único que ansían es hacerse una foto delante del cuadro de Leonardo, sin pararse siquiera a disfrutar de la genialidad del sfumatto en la pintura; si ha tenido para sí mismo y para sus alumnos a la Victoria de Samotracia y a la Venus de Milo y a Los esclavos de Miguel Ángel sin nadie alrededor que lo distrajera de las explicaciones que iba dando con el mismo entusiasmo con el que se las escuchó a sus profesores hace tantos años, primero en el instituto y después en las clases de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada.

Después llegó el sosiego, la obligada y necesaria calma de ver unas cuantas piezas más completamente a solas, cuando los pocos alumnos que decidieron acompañarme en mi recorrido fueron desvaneciéndose entre los visitantes del museo igual que los personajes de Agatha Christie iban desapareciendo en Los diez negritos. Fue entonces cuando di con él, después de un laberíntico recorrido por salas atestadas de arte oriental completamente vacías. Estaba situado en mitad de una de ellas, a resguardo bajo una urna de cristal, seguramente para protegerlo de las insolentes manos de decenas de turistas que se empeñan en tocar los objetos expuestos en los museos para cerciorase de que son de verdad. Tan solo había un par de mujeres contemplándolo cuando, de pronto, me di cuenta de que ya no había nadie a mi alrededor; que estaba a solas junto a la estatua de El escriba sentando que tantas veces estudié en mi juventud. Allí los dos, el escriba y yo, ajenos por completo a la vorágine de visitantes que pululaban como abejas sin rumbo fijo por otras zonas del Louvre, rememoré cada detalle aprendido con metódico adiestramiento durante mis clases de Historia del Arte, descubriendo con infantil asombro que cada rasgo de su cara y de su anatomía eran exactamente iguales a como yo los recordaba. Después tuve que marcharme. Confieso que sentí una cierta desazón por tener que dejarlo de esa forma, a solas, inmóvil en su disciplinada postura de escriba sin cálamo, aguardando así desde hace milenios a que alguien le coloque uno entre los dedos para poder concluir la tarea que quedó enterrada bajo la arena de Saqqara. Quiero pensar que él también se fijó un instante en mí sin que me diese cuenta. Y aunque sé que esto último es imposible… ¿por qué no creerlo? Quizá aguardaba mi visita desde hacía años.

A  D. Juan Machado, mi profesor de Historia del Arte en el instituto.

El escriba sentado (Museo del Louvre)

lunes, 23 de diciembre de 2019

El Cabo Torrijas

Como a tantos otros, la Guerra Civil le pilló de improviso. Ni siquiera había hecho el servicio militar, sino que era uno de aquellos soldados de cuota que únicamente desempeñaban una simulación de disciplína cuartelaria en las pocas horas del día que pasaban en el cuartel, durante los tres meses que debía durar su instrucción. Y a pesar de ello, estuvo a punto de matar a un hombre. Así se lo confesó a mi madre mucho tiempo después, cuando la contienda hubo acabado y el frente de Granada al que lo obligaron a ir —extendido junto a la antigua Venta de las Angustias—, se había convertido ya en un recuerdo polvoriento y terrible en la memoria de mi abuelo Adolfo.

Fue allí donde un superior lo escogió junto a otros soldados y se los llevó aparte para decirles que, a la mañana siguiente, partirían temprano para hacer una saca. Contaba a mi madre —igual que ahora ella me lo cuenta a mí, mientras pasamos en coche junto al puente de Tablate—, que la noche de antes apenas pudo dormir por la ansiedad que le provocaba la inminencia de la muerte o del asesinato; lo mismo daba, pues él no entendía aquella forma tan cruel de matar en la que no había lugar para el valor de los viejos combates. Embozado en una sucia manta que apenas le ayudaba a mitigar el frío de la madrugada en mitad del campo, un rostro anónimo se acercó de pronto hasta donde estaba tratando de conciliar un sueño imposible y le pidió cambiarse por él en el grupo, a lo que mi abuelo accedió con alivio. Cuando le preguntó por qué quería participar de aquel salvajismo, este le respondió que su familia había caído en la otra zona y que probablemente los rojos ya habrían hecho lo mismo con los suyos. Mi abuelo no supo que responder. Tan solo se quedó mirando en silencio como aquel hombre se dormía junto a la parte trasera del camión en el que se marcharía con las primeras luces. Después, nunca más volvió a verlo.

Los tres días siguientes allí fueron posiblemente los peores de su vida. Sufrió una grave insolación por culpa del calor infernal del verano en Granada y hasta le dio una subida de sangre, que era como llamaban entonces a alguno de los síntomas de la fiebre tan alta, por lo que lo llevaron de vuelta a la ciudad. En cuanto se curó, permaneció en la Intendencia y ya no regresó al frente. 

Huérfano desde hacía poco tiempo, consiguió de un Teniente vecino suyo en el barrio del Realejo, un permiso especial para trabajar por las mañanas en el obrador de la pastelería de sus padres, y que tan solo tuviera que regresar al cuartel durante las tardes, pues su hermano Pepe estaba de médico militar en Madrid y sus hermanas apenas se bastaban ellas solas. Fue así como se ganó el apodo del Cabo Torrijas. Un día, quizá para cobrarse el favor que le hizo, el Teniente Candenas le encargó un postre ante la visita de una persona importante al cuartel, de modo que fue con el nombre de aquellos dulces con el que empezaron a llamarlo en el tiempo que permaneció allí.

Hoy, ochenta y tres años después, mi madre extrae del cajón de una vieja consola un par de fotografías de mi abuelo vestido de uniforme mientras me cuenta de nuevo la historia del Cabo Torrijas, y veo cómo las mira con un brillo especial en los ojos, al saber que su padre, aunque no sirviese de mucho, fue fiel a sus principios y nunca le quitó la vida a nadie; ni siquiera, en aquella maldita guerra nuestra.

Mi abuelo Adolfo vestido de soldado, en los días previos al estallido de la Guerra Civil.

A mi abuelo Adolfo.
A mi  madre.

domingo, 27 de octubre de 2019

El oficio de la música

Me topé anoche con él después de tanto tiempo. Estaba en la misma calle que cuando lo escuché por primera vez en mi vida, pero su aspecto era ahora un poco distinto: algo más delgado, tenía el pelo más corto y rubio, y la barba menos poblada. Ni siquiera llevaba puestas aquellas finas gafas de metal que le daban un aire de intelectual trasnochado, y hasta el color de sus ojos me pareció anoche más claro. Incluso su ropa era diferente; más deportiva. Tampoco se había colocado exactamente en el mismo lugar en el que lo descubrí por casualidad hace cuatro años, en la calle Oficios, sentado en una silla minúscula y articulada que no parecía nada cómoda, la espalda apoyada sobre la fachada del Palacio de la Madraza y la Capilla Real erigiéndose en frente únicamente para él, con aquel extraño instrumento dispuesto entre sus rodillas mientras lo iba golpeando rítmicamente con los dedos de las manos, haciendo brotar un sonido tan evocador como el propio entorno que nos rodeaba. Aquella vez, observándolo allí de pie, escuchándole junto a unos cuantos turistas que, como yo, nos creímos con el derecho de grabarle sin ni siquiera pedirle permiso por el simple hecho de que estaba tocando en plena calle, guardé para mí unos pocos fragmentos de una melodía que, semanas después, regresaba de manera constante a mi cabeza.

Durante algunos fines de semana lo busqué sin éxito por las calles. Me preguntaba dónde estaría y de dónde vendría. Cómo aprendió a tocar ese instrumento cuyo nombre aprendí más tarde. Si su familia tendría noticias de él a menudo o incluso si tendría aún una familia en alguna parte. Quise saber su nombre y el nombre de aquellas canciones; lo que las inspiró; las historias que probablemente había detrás de cada una o las que yo deseaba que él inventara para mí..., pero todo fue en vano, así que decidí probar suerte con el lugar en el que hoy día todo el mundo encuentra algo. Supongo que esperaba descubrir los videos de otros que, al igual que yo, actúan a veces de esa forma no por desconsideración o materialismo, sino movidos por una sencilla admiración que nos hace querer atesorar esos pedazos de la vida para siempre, retenerlos en la memoria artificial de un dispositivo para que así podamos volver a ellos cuando se nos antoje, sin entender del todo que, en realidad, la belleza de los recuerdos, su esencia, reside en el esfuerzo de volver a imaginarlos. 

Con el tiempo me fui olvidando de él y de su música, de aquellas melodías nacidas de su Handpan, y casi de esta ciudad mía que amo y odio y sufro y disfruto con la misma emoción con la que aquel músico callejero movía la cabeza con los ojos cerrados. Y entonces he vuelto a encontrarlo de nuevo en un anochecer de otoño en Granada. Reconocí su música al instante, pero esta vez no lo grabé. Escuchando de nuevo esa canción que una vez llegué a saberme casi de corrido, aguardé junto a mi amigo a que concluyese de tocar para acercarme hasta donde estaba y contarle mi historia. Se sorprendió un poco al verse de nuevo hace cuatro años, como si le costara reconocerse en las imágenes o fuese aún más consciente de todo cuanto le hubo sucedido desde entonces. Me dijo que se llama José Blanca. Que es de Granada y Jaén y hasta de Málaga. Que tiene algo de las tres y nada en concreto de ninguna. Que le dolían un poco las manos por culpa del frío y de los continuos golpes sobre el instrumento. Que con suerte grabará un CD y que lo podría comprar a través de una de esas redes sociales en las que a veces la vida de la gente no parece ser la misma. Luego, al igual que hice años atrás, eché en su cesto todas las monedas que llevaba encima; le dije esta vez mi nombre mientras estrechaba su mano, y me marché. Sin embargo en esta ocasión el camino de vuelta a casa fue completamente distinto, pues ya no llevaba conmigo aquella vieja impresión de lejanía y pérdida que me invadió cuando lo dejé la primera vez que lo vi, en la calle Oficios, percibiendo en la distancia el sonido de su música tras de mí.


José Blanca tocando en la calle Oficios de Granada (Sábado 17 de octubre de 2015)

miércoles, 19 de junio de 2019

En las vidas de otros

No sé muy bien de dónde me viene esa atracción que siento por las cosas de otras épocas. Quizá se deba a que no me gusta demasiado el tiempo en el que vivo, o quizá sea tan solo la infame certeza de que la vida se me escapa a una velocidad que no consigo controlar e irónicamente trato de aferrarme a ella por medio de unos recuerdos que nunca me pertenecieron, como si el hecho de imbuirme en las vidas de otros a través de las frases que escribieron, de retroceder en el tiempo con ellos para inventar el final de esas historias esbozadas en rápidos fragmentos debido a la limitación del espacio destinado a la escritura, me sirviera para olvidarme por completo de que ya he consumido cuarenta y un años de mi vida y todavía no tengo muy claro hacia dónde me dirijo, sintiéndome un extraño en mi propio mundo circundante, igual que le sucedía a Rod Taylor en aquella película de 1960 en la que construía una máquina con la que viajar en el tiempo porque en la Inglaterra de finales siglo XIX que le había tocado vivir no hallaba nada que lo retuviera. Tal vez sea esa la razón menos incoherente para explicar la irracional fascinación que tengo por las postales antiguas.

Son como pequeños secretos desvelados desde el más allá. Palabras de fantasmas; de personas que hace ya mucho tiempo que dejaron de pisar por las calles por las que caminamos y de visitar los lugares que nosotros descubrimos, pero que atestiguan la materialidad de su anónima existencia a través de las cosas que contaban en las postales que un día enviaron ilusionados; confiados; enamorados; ansiosos; queriendo simplemente tranquilizar a un familiar cercano sobre su llegada a una ciudad lejana o incluso a un país más remoto todavía.  Cuando las veo, estoy convencido de que ninguno de ellos podría llegar a sospechar que aquellas frases de complicidad o anhelo destinadas a alguien de quien conocemos su nombre y sus apellidos y hasta la dirección donde residía en aquel entonces pero imposible de ponerle un rostro,  acabarían tantos años después, incluso siglos más tarde, amontonadas en el interior de un cajón de una tienda de antigüedades en Granada o esparcidas en una bandeja sobre el mostrador de un stand de la Feria del libro antiguo de Sevilla, entremezcladas las postales con decenas de fotografías en blanco y negro de personas que también se han convertido ya en fantasmas, sus recuerdos y anécdotas aguardando con paciencia mineral a que alguien tan trastornado como yo los rescate de esa espectral desatención a la que han sido postergados. Quizá por eso me hipnotiza tanto cualquiera de ellas, porque, como le comentaba Marlene Dietrich a Orson Welles en Sed de Mal cuando este le decía que la pianola le traía recuerdos: “es tan antigua que parece una novedad”.

Podría pasarme horas enteras curioseando entre ellas: desentrañando las vivencias de esas personas de las que nunca llegaré a saber nada y cuyas vidas imagino tan diferentes a la mía, igual que las postales que voy pasando entre mis manos en uno de esos anticuarios de un rastro cualquiera con la ávida curiosidad de un coleccionista de sellos o de libros raros, atendiendo a cada detalle que la imagen del anverso aún retiene con sorprendente perfección, tan distintas todas, y a la vez tan parecidas por su inocente sencillez: imágenes de ciudades extranjeras y de puertos con barcos gigantes; de pueblos y caminos de tierra salpicados por un sol de mediodía en el que un hombre sujeta cansinamente una cuerda amarrada a la brida de un mulo; de playas y palacios urbanos y altísimas iglesias de artísticos pasados. Historias en blanco y negro o sepia de una época en la que yo ni siquiera existía pero que añoro de la misma forma en la que extrañan la patria los exiliados de una guerra, como si alguna vez me hubiesen pertenecido todos y cada uno de esos lugares, aunque no logro recordarlo del todo, pues tengo una espesa bruma donde debía tener la consciencia. 

Otras veces me resulta imposible comprender por completo lo que cuentan, porque la caligrafía de entonces apenas se parece en nada a la nuestra, que es rápida y desordenada, cambiante, nerviosa, demasiado impersonal, casi olvidada a fuerza de no usarla, abandonada por esta fría costumbre de escribirlo todo en la pantalla de un teléfono móvil o con el teclado de un ordenador, igual que hago yo ahora, usando estas malditas letras digitales que tienen la misma calidez que un páramo helado. Por eso me gustan tanto las postales de antes. Ojeando cada trazo en ellas escrito, descifrando en la manera tan elegante con la que se hacían antes las consonantes y vocales los abrazos que alguien recién llegado a Barcelona le mandaba a su hermano, los deseos que una señora de Valladolid tenía de que su sobrina pequeña se recuperase pronto de aquellas fiebres tan altas, lo mucho que un militar de nombre Pedro y destinado en Alhucemas echaba de menos a su novia Consuelo o el agradecimiento que un joven empleado de banca le hacía a un amigo por haberle hecho llegar a la oficina de correos unos cuantos ejemplares de la revista Life, descubro en mi propia letra, en la forma en la que escribo sobre el papel los capítulos de una nueva novela con la que no consigo avanzar del todo, que hay algo de cada uno de ellos en mí, o eso me gustaría, pues creo percibir en mis trazos la lejanía de un tiempo ya pasado. A lo mejor ahí se encuentra el motivo de porqué no consigo prosperar en esa nueva historia que trato de inventar: porque en realidad ya la escribí pero no la recuerdo. 


sábado, 6 de abril de 2019

Atípicos superhéroes

La primera vez que los vi pensé que se habían perdido; que se hallaban de visita con sus maestros y sus compañeros de colegio y que se habían despistado de ellos de un modo intencionado, deseando averiguar, con esa ávida inquietud con la que los niños miran las cosas que les rodean a esas edades tan tempranas, el inminente futuro que a ellos mismos les aguarda cuando vengan a estudiar al instituto a partir del curso siguiente. Días más tarde, descubrí no sin asombro que estaba equivocado; que aquel día no hubo visita alguna de ninguno de los colegios de la zona y que en realidad no la hubo en toda la semana. Quizá ya sucedió y esta vez fui yo quien ni siquiera se enteró de cuándo tuvo lugar, andando siempre de acá para allá entre alumnos y compañeros de profesión que entran y salen de la Sala de profesores con la idéntica premura con la que lo suelo hacer yo en cada cambio de hora, tiranizados por la dictadura de un timbre y de un trasiego de clases que apenas nos deja un par de minutos libres para acudir al baño si no es durante el tiempo del recreo.

Sin ser del todo consciente de que lo hacía, comencé a buscarlos con la mirada durante los días y las semanas siguientes, a fijarme en ellos con una curiosidad casi de antropólogo, evidenciándose en cada observación que hacía la fabulosa complicidad que existe entre ellos y que ahora, al recordarlos de nuevo mientras escribo en mi casa, inevitablemente vuelven a arrancarme una sonrisa que tiene algo de secreta envidia. Demasiado bajitos -tal vez- para la edad que tienen; bastante delgados; la piel paliducha y las ropas que les quedan un poco holgadas, tres de ellos comparten además otros peculiares rasgos de su fisonomía: el pelo moreno y corto, un poco arremolinado, y unas gafas oscuras de pasta que se destacan en exceso sobre sus caras menudas. El otro, el cuarto, aunque posee la misma estatura y delgadez que sus amigos, es el único que no usa gafas y tiene el pelo rubio y unos ojos azules que le otorgan ese aspecto de ser el líder de esta fantástica pandilla que, cuando los veo, siempre van juntos por los pasillos del instituto.

Pero sin duda alguna lo más curioso sucede cuando llega la hora del recreo. Igual que en esos restaurantes y bares en los que algunos clientes, a fuerza de la costumbre, tienen ya un sitio reservado que siempre está libre para ellos cada vez que acuden allí, estos cuatro superhéroes -como nos gusta llamarlos de forma afectuosa a mi amigo Carlos y a mí-, ocupan cada día a la 11:20 la mesa que hay en una de las esquinas de la cafetería, y despliegan sobre ella la batería de bolsas de gusanitos y demás chucherías que compraron minutos antes con la idéntica rapidez con la que un rayo aparece y desaparece del cielo en los días de tormenta. Y a pesar de que ellos pertenecen al nivel educativo más bajo de la enseñanza secundaria, nadie, ni siquiera los alumnos de bachillerato, les disputa nunca en los recreos la propiedad de ese sitio, como si fuese algo establecido ya también por la costumbre y todo el mundo en el instituto diese por sentado que ese es el rincón de los cuatro fantásticos; el lugar en el que comparten su sabrosa riqueza igual que si estuvieran repartiéndose las joyas de un tesoro encontrado. 

Me encantaría saber de qué hablan durante esos minutos del recreo; qué será aquello que de pronto les causa tanta risa o lo que hace que abran repentinamente los ojos detrás de sus gafas de pasta con un asombro casi desconcertante. Algunos días, sin que ellos lo sepan, mi amigo Carlos y yo teorizamos sobre cuál será el tema de conversación que están teniendo en ese momento. Incluso, otras veces -siempre desde una óptica cariñosa-, hemos bromeado con la idea de que ese frágil aspecto que poseen los cuatro, desaparece por completo por las noches, cuando todo el mundo duerme. Entonces, ellos, como en las mejores películas de aventuras, se enfundan en sus trajes de superhéroes y vigilan las calles para que los malhechores no hagan de las suyas.