miércoles, 19 de junio de 2019

En las vidas de otros

No sé muy bien de dónde me viene esa atracción que siento por las cosas de otras épocas. Quizá se deba a que no me gusta demasiado el tiempo en el que vivo, o quizá sea tan solo la infame certeza de que la vida se me escapa a una velocidad que no consigo controlar e irónicamente trato de aferrarme a ella por medio de unos recuerdos que nunca me pertenecieron, como si el hecho de imbuirme en las vidas de otros a través de las frases que escribieron, de retroceder en el tiempo con ellos para inventar el final de esas historias esbozadas en rápidos fragmentos debido a la limitación del espacio destinado a la escritura, me sirviera para olvidarme por completo de que ya he consumido cuarenta y un años de mi vida y todavía no tengo muy claro hacia dónde me dirijo, sintiéndome un extraño en mi propio mundo circundante, igual que le sucedía a Rod Taylor en aquella película de 1960 en la que construía una máquina con la que viajar en el tiempo porque en la Inglaterra de finales siglo XIX que le había tocado vivir no hallaba nada que lo retuviera. Tal vez sea esa la razón menos incoherente para explicar la irracional fascinación que tengo por las postales antiguas.

Son como pequeños secretos desvelados desde el más allá. Palabras de fantasmas; de personas que hace ya mucho tiempo que dejaron de pisar por las calles por las que caminamos y de visitar los lugares que nosotros descubrimos, pero que atestiguan la materialidad de su anónima existencia a través de las cosas que contaban en las postales que un día enviaron ilusionados; confiados; enamorados; ansiosos; queriendo simplemente tranquilizar a un familiar cercano sobre su llegada a una ciudad lejana o incluso a un país más remoto todavía.  Cuando las veo, estoy convencido de que ninguno de ellos podría llegar a sospechar que aquellas frases de complicidad o anhelo destinadas a alguien de quien conocemos su nombre y sus apellidos y hasta la dirección donde residía en aquel entonces pero imposible de ponerle un rostro,  acabarían tantos años después, incluso siglos más tarde, amontonadas en el interior de un cajón de una tienda de antigüedades en Granada o esparcidas en una bandeja sobre el mostrador de un stand de la Feria del libro antiguo de Sevilla, entremezcladas las postales con decenas de fotografías en blanco y negro de personas que también se han convertido ya en fantasmas, sus recuerdos y anécdotas aguardando con paciencia mineral a que alguien tan trastornado como yo los rescate de esa espectral desatención a la que han sido postergados. Quizá por eso me hipnotiza tanto cualquiera de ellas, porque, como le comentaba Marlene Dietrich a Orson Welles en Sed de Mal cuando este le decía que la pianola le traía recuerdos: “es tan antigua que parece una novedad”.

Podría pasarme horas enteras curioseando entre ellas: desentrañando las vivencias de esas personas de las que nunca llegaré a saber nada y cuyas vidas imagino tan diferentes a la mía, igual que las postales que voy pasando entre mis manos en uno de esos anticuarios de un rastro cualquiera con la ávida curiosidad de un coleccionista de sellos o de libros raros, atendiendo a cada detalle que la imagen del anverso aún retiene con sorprendente perfección, tan distintas todas, y a la vez tan parecidas por su inocente sencillez: imágenes de ciudades extranjeras y de puertos con barcos gigantes; de pueblos y caminos de tierra salpicados por un sol de mediodía en el que un hombre sujeta cansinamente una cuerda amarrada a la brida de un mulo; de playas y palacios urbanos y altísimas iglesias de artísticos pasados. Historias en blanco y negro o sepia de una época en la que yo ni siquiera existía pero que añoro de la misma forma en la que extrañan la patria los exiliados de una guerra, como si alguna vez me hubiesen pertenecido todos y cada uno de esos lugares, aunque no logro recordarlo del todo, pues tengo una espesa bruma donde debía tener la consciencia. 

Otras veces me resulta imposible comprender por completo lo que cuentan, porque la caligrafía de entonces apenas se parece en nada a la nuestra, que es rápida y desordenada, cambiante, nerviosa, demasiado impersonal, casi olvidada a fuerza de no usarla, abandonada por esta fría costumbre de escribirlo todo en la pantalla de un teléfono móvil o con el teclado de un ordenador, igual que hago yo ahora, usando estas malditas letras digitales que tienen la misma calidez que un páramo helado. Por eso me gustan tanto las postales de antes. Ojeando cada trazo en ellas escrito, descifrando en la manera tan elegante con la que se hacían antes las consonantes y vocales los abrazos que alguien recién llegado a Barcelona le mandaba a su hermano, los deseos que una señora de Valladolid tenía de que su sobrina pequeña se recuperase pronto de aquellas fiebres tan altas, lo mucho que un militar de nombre Pedro y destinado en Alhucemas echaba de menos a su novia Consuelo o el agradecimiento que un joven empleado de banca le hacía a un amigo por haberle hecho llegar a la oficina de correos unos cuantos ejemplares de la revista Life, descubro en mi propia letra, en la forma en la que escribo sobre el papel los capítulos de una nueva novela con la que no consigo avanzar del todo, que hay algo de cada uno de ellos en mí, o eso me gustaría, pues creo percibir en mis trazos la lejanía de un tiempo ya pasado. A lo mejor ahí se encuentra el motivo de porqué no consigo prosperar en esa nueva historia que trato de inventar: porque en realidad ya la escribí pero no la recuerdo. 


sábado, 6 de abril de 2019

Atípicos superhéroes

La primera vez que los vi pensé que se habían perdido; que se hallaban de visita con sus maestros y sus compañeros de colegio y que se habían despistado de ellos de un modo intencionado, deseando averiguar, con esa ávida inquietud con la que los niños miran las cosas que les rodean a esas edades tan tempranas, el inminente futuro que a ellos mismos les aguarda cuando vengan a estudiar al instituto a partir del curso siguiente. Días más tarde, descubrí no sin asombro que estaba equivocado; que aquel día no hubo visita alguna de ninguno de los colegios de la zona y que en realidad no la hubo en toda la semana. Quizá ya sucedió y esta vez fui yo quien ni siquiera se enteró de cuándo tuvo lugar, andando siempre de acá para allá entre alumnos y compañeros de profesión que entran y salen de la Sala de profesores con la idéntica premura con la que lo suelo hacer yo en cada cambio de hora, tiranizados por la dictadura de un timbre y de un trasiego de clases que apenas nos deja un par de minutos libres para acudir al baño si no es durante el tiempo del recreo.

Sin ser del todo consciente de que lo hacía, comencé a buscarlos con la mirada durante los días y las semanas siguientes, a fijarme en ellos con una curiosidad casi de antropólogo, evidenciándose en cada observación que hacía la fabulosa complicidad que existe entre ellos y que ahora, al recordarlos de nuevo mientras escribo en mi casa, inevitablemente vuelven a arrancarme una sonrisa que tiene algo de secreta envidia. Demasiado bajitos -tal vez- para la edad que tienen; bastante delgados; la piel paliducha y las ropas que les quedan un poco holgadas, tres de ellos comparten además otros peculiares rasgos de su fisonomía: el pelo moreno y corto, un poco arremolinado, y unas gafas oscuras de pasta que se destacan en exceso sobre sus caras menudas. El otro, el cuarto, aunque posee la misma estatura y delgadez que sus amigos, es el único que no usa gafas y tiene el pelo rubio y unos ojos azules que le otorgan ese aspecto de ser el líder de esta fantástica pandilla que, cuando los veo, siempre van juntos por los pasillos del instituto.

Pero sin duda alguna lo más curioso sucede cuando llega la hora del recreo. Igual que en esos restaurantes y bares en los que algunos clientes, a fuerza de la costumbre, tienen ya un sitio reservado que siempre está libre para ellos cada vez que acuden allí, estos cuatro superhéroes -como nos gusta llamarlos de forma afectuosa a mi amigo Carlos y a mí-, ocupan cada día a la 11:20 la mesa que hay en una de las esquinas de la cafetería, y despliegan sobre ella la batería de bolsas de gusanitos y demás chucherías que compraron minutos antes con la idéntica rapidez con la que un rayo aparece y desaparece del cielo en los días de tormenta. Y a pesar de que ellos pertenecen al nivel educativo más bajo de la enseñanza secundaria, nadie, ni siquiera los alumnos de bachillerato, les disputa nunca en los recreos la propiedad de ese sitio, como si fuese algo establecido ya también por la costumbre y todo el mundo en el instituto diese por sentado que ese es el rincón de los cuatro fantásticos; el lugar en el que comparten su sabrosa riqueza igual que si estuvieran repartiéndose las joyas de un tesoro encontrado. 

Me encantaría saber de qué hablan durante esos minutos del recreo; qué será aquello que de pronto les causa tanta risa o lo que hace que abran repentinamente los ojos detrás de sus gafas de pasta con un asombro casi desconcertante. Algunos días, sin que ellos lo sepan, mi amigo Carlos y yo teorizamos sobre cuál será el tema de conversación que están teniendo en ese momento. Incluso, otras veces -siempre desde una óptica cariñosa-, hemos bromeado con la idea de que ese frágil aspecto que poseen los cuatro, desaparece por completo por las noches, cuando todo el mundo duerme. Entonces, ellos, como en las mejores películas de aventuras, se enfundan en sus trajes de superhéroes y vigilan las calles para que los malhechores no hagan de las suyas.



viernes, 1 de febrero de 2019

Nosotros, la carretera y música italiana

A veces los recuerdos más sencillos son también los más emotivos y surgen de la manera más inesperada. Tan solo es necesaria una ligera conversación en torno a una selección de viejos discos que uno creía tener casi olvidados por completo para que, súbitamente, aparezca ante nuestras pupilas un leve asomo de nostalgia que nos permita durante unos segundos viajar en el tiempo y recordar, con meridiana precisión, pequeños retazos de esa vida que es la nuestra y que se habían quedado apilados junto a otros recuerdos que iremos rememorando cuando menos sospechemos, igual que aquellos discos de música que repentinamente dejamos un día de oír sin que existiera una justificada razón para hacerlo.  

Fue así, con esa ingenua emotividad que producen las cosas antiguas que uno reconstruye sin esfuerzo, como logré sentir de nuevo la nerviosa emoción que me producía el saber que era domingo y que ese día aparecería él por la casa de mi madre en el mediodía gris de un invierno en Granada, puntual como si estuviese llegando a una cita médica, para comer con nosotros y preguntarnos a mis hermanos y a mí cómo nos iban las clases del instituto y del colegio, y charlar después con mi madre sobre todas aquellas cosas de la familia de mi padre que yo escuchaba con atención de seminarista sin llegar a entender nada del todo. Mientras iba subiendo en el ascensor, recorriendo luego el escaso pasillo hasta la puerta de entrada, apostaba en silencio conmigo si la corbata de ese domingo sería de rayas o lisa, de seda o de lana, o si volvería aparecer con unos zapatos y una camisa nueva o si llevaría puesta aquella americana marrón de espiga que tanto me recordaba a la que solían llevar algunos detectives de las películas, o si aparecería igual que la última vez con un pañuelo asomando ligeramente por el bolsillo de arriba, colocado ahí con esa descuidada elegancia con la que, años después, me enseñaría a ponérmelo para que pudiese ir tan distinguido como él cuando tuviera que asistir a la boda de un amigo.

Observando a mi tío Fernando, mirándolo con esa febril devoción que su estampa me causaba a los trece años,  me preguntaba por qué la mayoría de los hombres no vestían cómo él ni desprendían esa elegante y natural predisposición en el detalle con la que él solía encender un cigarrillo o se ajustaba el nudo de la corbata frente al cristal de un escaparate, prometiéndome en aquel entonces que cuando tuviera su edad y estuviese trabajando en no sé cuál de los miles de oficios que llegué a imaginar en el futuro para mí, me vestiría y fumaría igual que él y hasta escucharía la misma música que él solía llevar en su coche. Y es que lo más maravilloso de aquellos domingos con mi tío llegaba siempre después de la comida, cuando nos montaba y a mi hermano y a mí en aquel Volkswagen Golf  de tres puertas y nos llevaba toda la tarde de paseo con el pretexto de tomar un café o de acompañarlo a comprar algún cacharro para su casa. Sin necesidad de que ninguno de los dos le dijese una sola palabra, él sacaba de la guantera aquella cinta de famosas canciones italianas y viajábamos por la nacional que conducía hasta Motril o nos adentrábamos por carreteras secundarias que pasaban por pueblos de los que yo jamás había oído hablar. De esa forma pasábamos buena parte de la tarde del domingo, cambiando de pueblo con la facilidad con la que él cambiaba cada día de camisa y hasta de zapatos o de cinturón, sentados en una terraza del paseo marítimo o buscando un taller de forja cerca de Órgiva que finalmente encontrábamos después de mucho preguntar. Y cuando llegaba la hora de pagar y lo veía sacar del bolsillo trasero del pantalón su abultada cartera de piel negra, no tanto por el dinero como por la gran cantidad de papeles doblados y de tarjetas de personas que iba conociendo, me parecía que mi tío Fernando custodiaba allí los secretos de una apasionante existencia que ni siquiera yo era capaz de imaginar del todo, como si la vida que tenía cuando no estaba trabajando o restaurando un viejo cuadro o pintando una silla que compró en un rastro de Guadix fuera de una seductora clandestinidad  que alentaba aún más la fascinación que yo amontonaba hacia él.

Y aunque muchos domingos repetíamos algunos de los pueblos y de los bares de carretera en los que nos parábamos, y aunque la cafetería de Motril fuese siempre la misma y casi con las misma personas de la vez anterior, como si se hubieran convertido ya  en una parte indispensable de la decoración, a mí era el viaje hasta esos lugares lo que más ilusión me provocaba, pues aquel era un tiempo y un mundo que nadie podía arrebatarnos y  en el que no importaba nada más: tan solo nosotros tres, la carretera y esas viejas y pegadizas canciones italianas de Ricchi e Póveri, de Al Bano y Romina, de Umberto Tozzi, de Giani Bella, de Jimmy Fontana, de Rita Pavone, de Franco Battiato, de Nicola Bari…, y las de tantos otros cantantes con nombres y apellidos acabados en una i latina que hacían irrepetibles cada una de aquellas tardes. Desde la parte trasera del coche, apoyado en el respaldo del asiento de mi tío Fernando, lo veía conducir y manejar el radiocasete para seleccionar una canción concreta, y sentía hacía él una inagotable admiración que hoy vuelvo a recuperar en forma de palabras para agradecerle todos y cada uno de esos inolvidables domingos de mi infancia.

A mi tío Fernando



domingo, 9 de diciembre de 2018

Anómala envoltura

Un día cualquiera. Una de esas limpias y soleadas mañanas de Almería en la que la luz lo inunda todo y le hace a uno hasta dudar de la época del año en la que se encuentra, como si la mano invisible del destino hubiese dejado de arrancar las hojas caducadas del calendario de la vida y el tiempo se hubiera detenido para siempre en mitad de un caluroso verano o de un cálido invierno. Un día perfecto para explorar un poco más algunos de los rincones del Parque Natural del Cabo de Gata-Níjar y que no desaprovecho. Junto a dos amigos, atravesamos valles y dunas cubiertos de rocas volcánicas que han permanecido casi inalterables desde hace millones de años: la misma inmutabilidad de la que parecen estar hechas Almería y sus gentes, como si la prisa fuese un vocablo que no existe para ellos, y todo cuanto nos rodea ese día tiene algo de asombrosa y primitiva geología o se mueve con la apacible lentitud con la que el mar alcanza la orilla de alguna de las calas que vamos dejando atrás.

Entonces aparece de pronto, casi como de la nada. Seguramente antes habremos pasado junto a alguno más que ni siquiera fui capaz de advertir, absorto cómo andaba por la sorprendente belleza de aquel lugar que me hacía recordar constantemente algunas de las novelas de Julio Verne. Sin embargo, ahora, durante unos silenciosos y eternos minutos, soy incapaz de mirar a otra parte que no sea el montón de ropa que hallamos tirado sobre las piedras: andrajos abandonados con premura y alivio sobre la exigua oquedad de una ladera que en algún momento sirvió de refugio, como si fuese la anómala envoltura de un objeto que alguien dejó tirado en mitad de la nada. Observando aquellas prendas, percibiendo con detalle la suciedad impregnada de la tela con la que fueron un día confeccionadas y los desgarros y agujeros que tienen la mayoría de ellas, me sobrecojo al pensar que una vez fueron las ropas de unos cuantos que lograron llegar hasta una de esas playas por las que nosotros hemos ido pasando, y que a mí tan solo me evocaban el recuerdo de un cómodo verano.

Parado allí de pie, examinando la calidad de mi ropa de montaña comprada en un feroz centro comercial, sintiéndome de repente uno más de esos idiotas que ha perdido tardes enteras de un sábado entre sus tiendas en lugar de hacer algo provechoso por los demás, siendo uno más de tantos, no puedo evitar concebir algo parecido a la culpa y la vergüenza al comparar sus vidas con la mía, y pienso que esos harapos que ahora tengo en el suelo frente a mí, formaron una vez parte de alguien y tuvieron unos dueños de los que nunca llegaré a saber su edad ni su nombre. Acaso sean del padre o del hermano de algún otro que venía con ellos y que se ahogó en el intento o murió por la deshidratación y el hambre o porque ya no pudo aguantar más. Por alguna impensable razón, me pongo a imaginar cómo sería el bote en el que se lanzaron al mar; ese del que saltaron en la clandestina oscuridad de la noche cuando al fin llegaron a la playa, llevados por una sensación de alegría que los demás ni siquiera no acercamos a adivinar, la bolsa con algo de ropa seca en una mano y el miedo a que ahora los descubran en la otra, y me pregunto ingenuamente por qué ponen sus esperanzas y hasta sus vidas a merced de las olas, aun sabiendo que es posible que ninguno lo consiga, pero conozco de sobra la respuesta.  

Luego, inevitablemente, prosigo con mi excursión, pero ya no es lo mismo, porque soy incapaz de disfrutar como antes de los colores del paisaje o del difuso rumor del mar que engañosamente el viento trae hasta nosotros, y mi atención se centra ahora en descubrir las huellas de aquellos que lograron alcanzar una parte de sus sueños. Otras pilas de ropa irán apareciéndose después tiradas por el monte; e incluso me toparé con los restos de una barca abandonada en una de las calas, rota en la proa y cubierta de arena, con su nombre en árabe pintado de negro aún visible en un costado. No sé qué pondrá y tampoco tengo muy claro si quiero averiguarlo, e inevitablemente me acuerdo de Caronte y de su barca hacia el Hades, solo que estas que atraviesan el Mediterráneo van injustamente repletas de muertos en vida que no hicieron nada malo.


miércoles, 31 de octubre de 2018

Colores de otoño

Tiene el color del mar ya ese azul de los días de otoño en los pueblos de costa. Un matiz que es el preludio de un invierno frío y húmedo en el que las olas de levante se golpean furiosas contra la orilla, dejando en cada embestida una erosiva decadencia  de playas desiertas y pasarelas desmembradas, arrancadas de su arenoso enclave para convertirse en errabundos maderos a merced de las mareas, igual que náufragos a la deriva,  buscando sin acierto un pedazo de tierra mientras la espuma de mar y el salitre arremeten contra ellos y los consumen y astillan hasta dejarlos casi irreconocibles.

Hay de nuevo en las tardes de domingo esa otoñal melancolía que resurge a finales de octubre cada año, igual que una triste melodía compuesta para una despedida, dejando en las ciudades las calles grises y  vacías de coches y personas, el pavimento de las aceras todavía mojado tras el paso de una violenta y corta lluvia que alguien contempló desde la calidez de su casa, observando a través de la ventana iluminada por una  etérea luz de salón cómo los semáforos continuaban funcionando para nadie.

Tienen los parques y jardines desplegadas desde hace semanas sus alfombras de hojas marrones y amarillas, los troncos de sus árboles cuarteados como nunca, secas las ramas, teñidos todos ellos de un lánguido color rojizo, el aire frío cortando la piel de la cara y las manos en las rutilantes mañanas de noviembre, como alfileres que no cesan de clavarse, festejando, en la gélida oportunidad un banco vacío y de un tibio sol, la lectura de un periódico lejos del ruido.

Han recuperado las sábanas de la cama su glacial temperatura. Esa que nos hace ovillarnos cada noche y rozarnos con esmero unos pies que están tan entumecidos como ellas para que se nos calienten de inmediato, sin atrevernos a mirar en el fondo de la cama, donde el frío y la negritud parecen esconder las inquietudes de la vida, como sobrecogidos por una oscuridad de pozo al que no nos atrevemos a asomarnos por miedo a encontrar una imagen de nosotros que no nos satisfaga.

Tienen cada tarde las mesas de las cafeterías una quietud conventual que se acompaña de inaudibles conversaciones en las que parece que siempre hay algo trascendente y secreto que contar. Murmullos de un tono beis que se diluyen entre los posos del café y terminan volatilizados por el todo el local con una suavidad de abrigo, la loza caliente entre las manos, mientras afuera las luces de las farolas alumbran el vertiginoso ritmo de una ciudad que toca con la idéntica improvisación con la que lo hace la música de jazz.



sábado, 15 de septiembre de 2018

Descubriendo a Renoir

Ni siquiera pronunció una sola palabra en cuanto lo vio; tan solo abandonó la pesada maleta de piel que llevaba en la mano por el suelo y, eligiendo con la pericia de un viejo maestro uno de los lienzos en blanco que había traído consigo, lo depositó sobre el caballete que su amigo le tenía ya preparado en la casa,  frente a la puerta que daba al jardín, y se puso a pintar de inmediato. 

Sintió que el tiempo le apremiaba; que cada minuto de cada hora del día que hubo pasado sin captar esa luz que iba resbalándose sobre el descuidado edén como una sutil tela de seda, era una oportunidad perdida para elaborar una obra sublime. Fue como si, de repente, con mirar únicamente todo lo que le rodeaba –los vivos colores de los pétalos de las amapolas y los lirios, los espigados tallos de las rosas, las margaritas tratando de asomarse entre el verdor de unos asilvestrados arbustos que todo lo inunda–, contemplando cada palmo del jardín de aquella humilde casa del arrabal parisino de Montmartre, entendiese de una vez por todas lo que su mente y su mano habían intentado captar desde la primera vez que decidió pintar como Monet y descubrir ese instante preciso en el que el paisaje, los colores y la luz se transforman en un todo uniforme e irrepetible…”

Trató de continuar con la historia, pero se quedó de pronto callado al ver a uno de los escolares que se encontraban sentados en el suelo del museo, frente al cuadro de Renoir, mirando la pantalla de su teléfono móvil con cara de aburrimiento. Al percatarse del gesto contrariado del alumno, decidió no seguir con la explicación y se dirigió hacia donde estaba el chico y se sentó a su lado, ante la atónita mirada del resto de estudiantes y del incipiente rubor que asomó en la cara del molesto adolescente. Le preguntó entonces que quién creía que eran las dos figuras que aparecen en mitad del jardín. «Serán su esposa y su hijo», le respondió con hastío el muchacho.  «Y quién no te dice a ti que son un jardinero y la amante del pintor; o incluso que son figuras completamente inventadas por él, como si fuesen una visión suya… ¿Acaso no pudo Renoir ver a un hombre cogiendo flores y a una mujer paseando con una sombrilla, de la misma forma en la que tú ves a otras personas que ni siquiera conoces en la pantalla del móvil?», le respondió su profesor. «Entonces, ¿no son reales?», preguntó el alumno, con sincera curiosidad.  «Probablemente, nunca lo sabremos. Pero en eso reside precisamente la magia de la pintura… en poder dibujar todo aquello que seamos capaces de imaginar observando tan solo unas cuantas y hermosas flores abandonadas». Durante el resto de la visita por el museo, el chico no volvió a usar más su teléfono, y cada vez que la clase se detenía frente a un cuadro de Renoir, este le preguntaba a su profesor las cosas más insospechadas y curiosas que nunca antes hubo oído durante sus muchos años de docencia.


Mujer con sombrilla en un jardín.
Pierre-Auguste Renoir, 1875. Óleo sobre lienzo.
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza (Madrid).



domingo, 1 de julio de 2018

Caleidoscópica arena

  Fue un poco de arena de playa la que hizo que se acordara de ella, como si en cada uno de aquellos milimétricos fragmentos de minerales y rocas estuvieran encerrados muchos de los momentos que habían pasado juntos durante esos años. Se acordó, de pronto, al ver la arena entre las páginas de una revista que hubieron llevado consigo a la playa el día anterior, de las primeras veces que comenzaron a tener contacto en el trabajo, siendo ya conscientes desde un inicio de la presencia llamativa y atrayente que suponían el uno para el otro; percibiendo ese aire de inocente seducción que los acompañó también en las inaugurales ocasiones en las que cruzaron unas pocas palabras o cuando se decidieron por fin a comer juntos en un restaurante cerca del mar.

  Pensó en ella con la extraña sensación de que se hubo marchado mucho tiempo antes del que realmente había transcurrido, igual que le sucedió en una ocasión durante un jueves en el que fugazmente la vio irse del trabajo, su figura de espaldas a él iluminada por una soleada y apacible claridad de mediodía que le hacía parecer casi irreal, lejana ya en un tiempo que todavía no había llegado, como si fuera la evocación misma de una despedida futura, de un adiós que él sabía que terminaría por aparecer y separarlos.

  Sentado en el salón de su casa, sosteniendo entre las manos la taza con el café que se resistía a terminar, pasó una de las yemas de sus dedos por la arena encontrada y sintió un incómodo estremecimiento de angustia al recordar las veces en las que habían terminado discutiendo por alguna tontería, orgullosos y cabezotas por igual, observando desde sus respectivas terrazas la silueta del otro sobre el azulado atardecer de invierno sin que ninguno se atreviese a coger el teléfono y llamar para disculparse, tan dignos como estúpidos, dejando con cada minuto que pasaba que el enfado de ese día se sumase al poso de disputas y malentendidos que las personas acumulan en la inevitable inercia de la vida. Recordó también su cara, su sonrisa, los buenos momentos que pasaron, la forma en que el uno se reía ante la absurda ocurrencia del otro o la cara de sorpresa de ella cuando él le explicaba algo de un cuadro en aquel viaje a Madrid que hicieron, y se alegró de haber vivido cada uno de ellos, guardianes de una complicidad que nadie más llegaba a comprender.

  Con cuidado para que no se saliera de entre las páginas, cerró la revista con la arena en su interior y se salió a la terraza para acabarse el café. Miró hacia el piso que hasta hace unos días ocupaba ella con la incoherente esperanza de que estuviese aún allí, igual que la había visto en tantas ocasiones, y por un instante creyó ver una sombra apoyada sobre la barandilla. Luego,  se rio de sí mismo, de su ingenua ocurrencia mientras miraba al mar con la taza entre las manos, preguntándose si ella también estaría acordándose de él. 

Para Alejandra, con cariño.