domingo, 1 de julio de 2018

Caleidoscópica arena

  Fue un poco de arena de playa la que hizo que se acordara de ella, como si en cada uno de aquellos milimétricos fragmentos de minerales y rocas estuvieran encerrados muchos de los momentos que habían pasado juntos durante esos años. Se acordó, de pronto, al ver la arena entre las páginas de una revista que hubieron llevado consigo a la playa el día anterior, de las primeras veces que comenzaron a tener contacto en el trabajo, siendo ya conscientes desde un inicio de la presencia llamativa y atrayente que suponían el uno para el otro; percibiendo ese aire de inocente seducción que los acompañó también en las inaugurales ocasiones en las que cruzaron unas pocas palabras o cuando se decidieron por fin a comer juntos en un restaurante cerca del mar.

  Pensó en ella con la extraña sensación de que se hubo marchado mucho tiempo antes del que realmente había transcurrido, igual que le sucedió en una ocasión durante un jueves en el que fugazmente la vio irse del trabajo, su figura de espaldas a él iluminada por una soleada y apacible claridad de mediodía que le hacía parecer casi irreal, lejana ya en un tiempo que todavía no había llegado, como si fuera la evocación misma de una despedida futura, de un adiós que él sabía que terminaría por aparecer y separarlos.

  Sentado en el salón de su casa, sosteniendo entre las manos la taza con el café que se resistía a terminar, pasó una de las yemas de sus dedos por la arena encontrada y sintió un incómodo estremecimiento de angustia al recordar las veces en las que habían terminado discutiendo por alguna tontería, orgullosos y cabezotas por igual, observando desde sus respectivas terrazas la silueta del otro sobre el azulado atardecer de invierno sin que ninguno se atreviese a coger el teléfono y llamar para disculparse, tan dignos como estúpidos, dejando con cada minuto que pasaba que el enfado de ese día se sumase al poso de disputas y malentendidos que las personas acumulan en la inevitable inercia de la vida. Recordó también su cara, su sonrisa, los buenos momentos que pasaron, la forma en que el uno se reía ante la absurda ocurrencia del otro o la cara de sorpresa de ella cuando él le explicaba algo de un cuadro en aquel viaje a Madrid que hicieron, y se alegró de haber vivido cada uno de ellos, guardianes de una complicidad que nadie más llegaba a comprender.

  Con cuidado para que no se saliera de entre las páginas, cerró la revista con la arena en su interior y se salió a la terraza para acabarse el café. Miró hacia el piso que hasta hace unos días ocupaba ella con la incoherente esperanza de que estuviese aún allí, igual que la había visto en tantas ocasiones, y por un instante creyó ver una sombra apoyada sobre la barandilla. Luego,  se rio de sí mismo, de su ingenua ocurrencia mientras miraba al mar con la taza entre las manos, preguntándose si ella también estaría acordándose de él. 

Para Alejandra, con cariño.


sábado, 5 de mayo de 2018

Adiós, pequeño, adiós.

Ha abierto los ojos, y al hacerlo, lo primero que ha visto son unos cuantos ángeles moviéndose muy despacio sobre su cabeza. Lo hacen lentamente, casi en círculos, igual que si estuviesen bailando, sin apenas mover sus hermosas alas de colores. Es demasiado pequeño para comprender por qué están ahí, justo encima de él, y tampoco hay nadie a su lado en ese instante para explicárselo, porque su madre hace rato que se quedó dormida en el sillón, vencida por el cansancio y la imposibilidad remota del sueño que la acompaña cada noche desde hace dos semanas, y su padre debe andar fuera discutiendo otra vez con algunos de esos hombres y mujeres de bata blanca que no dejan de entrar y salir durante todo el día, pero tampoco puede hablar y preguntar a qué se debe la presencia de esos seres tan curiosos -porque aún no ha aprendido a hacerlo-, de modo que se limita a seguir con sus ojos azules el suave deslizar de los ángeles por el aire. Lleva, contra todo pronóstico,  cinco días respirando sin la ayuda de nada ni de nadie. Inhalando cada molécula de oxígeno con la misma sencillez rutinaria con la que recibo yo el aire limpio y húmedo del mediodía a través de la ventana de la habitación donde escribo unas líneas dedicadas a un niño que tan solo conocí a través de los periódicos y del telediario, y que él nunca llegará a leer; aunque, seguramente, tampoco lo haría si viviese; o, entonces, lo más probable es que yo nunca habría escrito nada sobre él. 

Tiene una enfermedad incurable. Una de esas de nombre casi impronunciable y de tratamiento casi inalcanzable, no solo porque apenas hay un par de casos como el suyo en todo el mundo, sino porque sus padres –apenas dos adolescentes de un modesto barrio de un país cualquiera-, ni siquiera se atreven a calcular cuánta ayuda necesitarían; o puede que si lo sepan pero darían hasta su propia vida por no tener que establecer una cifra; y, probablemente, yo no estaría pensando sobre lo horrible que debe ser que la vida de tu hijo dependa del dinero. Y, aun teniéndolo, tampoco eso serviría de solución, pues alguien completamente ajeno a ellos ha decidido que darle una oportunidad al niño en otro hospital sería prolongar una injustificada agonía irremediable, y que lo mejor que pueden hacer por él es dejar que se vaya… Como si eso fuese tan fácil.

Ha tratado de tocarlos, de alcanzar alguno de ellos con las manos porque quiere ver de cerca esas plumas  azules, blancas y amarillas tan llamativas que tienen en su espalda esa especie de muñecos de cara sonriente, pero le resulta imposible así como está, tumbado en la cama, y al moverse, al hacer un minúsculo esfuerzo por incorporarse para cogerlos, ha tragado algo de saliva de más, causándole un leve pero continuo golpe de tos. Al oírlo, su madre se ha desvelado de inmediato y, alarmada por el ruido procedente de su pequeño pecho, se ha sentado junto a él en la cama y le ha dado un tierno beso en la frente. Siguiendo los ojos de su hijo, que no cesan de observar el apacible movimiento de esos ángeles que un enfermero le colgó del techo de su habitación la tarde siguiente a la de su ingreso en el hospital, comprende sin necesidad de oírlo lo que desea su pequeño, y con tiento para que no se caiga el resto, descuelga uno y se lo pone a su hijo entre las manos.  De madrugada, cuando la débil respiración del niño se detenga ya para siempre, un nuevo ángel de resplandecientes alas ocupará el lugar que quedó vacío junto a los demás.

A la memoria de Alfie Evans y de  tantos otros ángeles...
(28 de febrero -  día mundial de las enfermedades raras)




domingo, 4 de marzo de 2018

A solas con todos

Tiene el pelo casi tan negro como las cejas y las manos casi tan blancas como la cara. Lleva una curiosa sudadera de color rosa en la que hay estampadas sencillas frases en inglés y francés, y unos pantalones vaqueros y zapatillas de deporte. Sentada en el lugar que le corresponde dentro de la clase, inclina parsimoniosamente la cabeza sobre un libro de texto de matemáticas o ciencias al que no otorga descanso alguno, hojeando con aburrido interés los párrafos y las imágenes que en él aparecen, volviendo una y otra vez hacia delante y hacia atrás sin orden ni concierto, sin saber siquiera qué anda buscando en esas páginas que dobla y desdobla como una autómata precisa e imparable, alzando a veces la cabeza durante unos pocos segundos cuando oye las risas de otras niñas de la clase que se han sentado juntas y las mira de soslayo con una dolorosa compostura de envidia y tristeza de sí misma. Entonces, echo un vistazo al resto de alumnos charlando de forma animada, repartidos por corrillos en grupos que han creado de forma espontánea juntando sillas y mesas en aquel frío y angosto espacio del aula y comprendo de inmediato que ella es la única que está sin hablar con nadie, y me pregunto qué es lo que ha pasado con ellos. En qué momento de sus cortas vidas se han convertido en unos seres aprovechados e insolidarios, y sufro, al ver a esa pobre adolescente, un punzante sentimiento de culpa y vergüenza ajena por el comportamiento de los que deberían ser sus amigos.


Sin que se dé cuenta –o quizá sí que es consciente de ello, pero finge no enterarse- me quedo observándola un rato en silencio mientras termina esa hora de guardia en la que he tenido que sustituir a una compañera. Me fijo en sus ojos, algo tristes, demasiado cansados; en su pelo recogido graciosamente en los lados con unas horquillas que me evocan de inmediato destellos de mi infancia en Granada, cuando se las robaba a mi hermana del cuarto de baño para jugar con ellas. La veo morderse de cuando en cuando las uñas, intentando sobrevivir, tratando de hacer un fiero esfuerzo para no levantar nuevamente la cabeza y que el resto de niñas la sorprendan mirando hacia ellas. Podría llamarse Teresa o Julia o Aitana…, y sin embargo su nombre es menos importante que la impresión de ausencia que la rodea, pues no debe haber peor cosa en el mundo que la de estar rodeado de gente todo el día y aun así sentirte completamente a solas. Tiene apenas trece años y ya siente sobre sus hombros el dolor tan grande que causan la injusticia y la mala educación.


domingo, 14 de enero de 2018

Inolvidable gesto

  A través del cristal de la habitación miraba la calle y sus gentes, el lento ir y venir de los automóviles tratando de avanzar dificultosamente en esa fría tarde de lluvia sin tregua de un miércoles del mes de febrero, aguardando sin deseo lo que nada ni nadie podía evitar ya, preguntándose en un susurro inaudible a dónde irían todas esas personas o quién les estaría esperando en alguna parte de esa ciudad de Granada en la que por primera vez en su vida no deseaba estar allí ni en aquel hospital. De vez en cuando, durante la cansada tregua que le ofrecían los escasos momentos en los que su padre permanecía dormido o no aparecían por la habitación ningún médico o enfermera, se levantaba del incómodo sillón roído del tiempo en sus brazos y se ponía a observar por el amplio ventanal para tratar de ordenar los recuerdos que, como un torrente, le asaltaban ahora la memoria bajo el zumbido incesante y diario de uno de los tubos fluorescentes; años de recordación imprecisa en los que difusamente se mezclaban las soleadas tardes de verano en Montpellier con los recuerdos más recientes de su vida en España; y en todos ellos, como si ahora le resultara imposible pensar en un momento de su adolescencia o su niñez en la que él no estuviera presente, la figura de su padre, grande, casi majestuosa, alegre, se imponía en sus evocaciones con una resplandeciente nitidez que sin embargo no lograba otorgar a una arquitectura determinada o a una fecha concreta, siendo arrancada de su vago y nostálgico ensimismamiento por el sonido de la megafonía del hospital cuando llamaban a un médico para que acudiese a recepción.


  Ni siquiera tuvo que decirle una sola palabra. Los dos sabían con certeza que aquellos eran los últimos días que pasarían juntos. Él lo adivinó en sus ojos, en la crepuscular melancolía con la que lo miró cuando las enfermeras terminaron de colocarle todos esos cables y vías con los que trataban de paliarle el agotador sufrimiento que llevaba padeciendo desde que lo ingresaron. Ella por la forma en la que le cogió la mano la primera vez que se quedaron a solas en la habitación de ese hospital que ya no abandonarían a la vez. Pero ese día sucedió algo distinto. Aquel miércoles sintió de pronto un estremecimiento y por un instante dejó de mirar por la ventana para volverse, con una tibia sensación de calma, hacia la cama en la que su padre estaba tumbado, y descubrió que él la estaba observando. Quizá llevaba un buen rato haciéndolo o tal vez intuyera lo que ella imaginaba o trataba de evocar con tanto dolor y cariño. Quiso reconfortarla aunque fuese una última vez en su vida; aunque tuviera que hacerlo desde la cama en la que intentó agarrarse a una vana esperanza durante los primeros días con una adorable obstinación, de modo que cuando su hija volvió la cabeza él le guiñó un ojo con toda la dulzura que aún le quedaba. Ella le sonrió con un brillo especial que intentaba ocultar la punzante mezcla de tristeza y agradecimiento que sintió en aquel momento. Después, se quedó dormido. Tres días más tarde se fue para siempre, pero ella aún guarda en su retina aquel último y sencillo gesto de su padre con la misma ensoñación y ternura con la que se conservan las viejas fotografías de familia.


A Isabel, por compartirlo conmigo.