miércoles, 31 de octubre de 2018

Colores de otoño

Tiene el color del mar ya ese azul de los días de otoño en los pueblos de costa. Un matiz que es el preludio de un invierno frío y húmedo en el que las olas de levante se golpean furiosas contra la orilla, dejando en cada embestida una erosiva decadencia  de playas desiertas y pasarelas desmembradas, arrancadas de su arenoso enclave para convertirse en errabundos maderos a merced de las mareas, igual que náufragos a la deriva,  buscando sin acierto un pedazo de tierra mientras la espuma de mar y el salitre arremeten contra ellos y los consumen y astillan hasta dejarlos casi irreconocibles.

Hay de nuevo en las tardes de domingo esa otoñal melancolía que resurge a finales de octubre cada año, igual que una triste melodía compuesta para una despedida, dejando en las ciudades las calles grises y  vacías de coches y personas, el pavimento de las aceras todavía mojado tras el paso de una violenta y corta lluvia que alguien contempló desde la calidez de su casa, observando a través de la ventana iluminada por una  etérea luz de salón cómo los semáforos continuaban funcionando para nadie.

Tienen los parques y jardines desplegadas desde hace semanas sus alfombras de hojas marrones y amarillas, los troncos de sus árboles cuarteados como nunca, secas las ramas, teñidos todos ellos de un lánguido color rojizo, el aire frío cortando la piel de la cara y las manos en las rutilantes mañanas de noviembre, como alfileres que no cesan de clavarse, festejando, en la gélida oportunidad un banco vacío y de un tibio sol, la lectura de un periódico lejos del ruido.

Han recuperado las sábanas de la cama su glacial temperatura. Esa que nos hace ovillarnos cada noche y rozarnos con esmero unos pies que están tan entumecidos como ellas para que se nos calienten de inmediato, sin atrevernos a mirar en el fondo de la cama, donde el frío y la negritud parecen esconder las inquietudes de la vida, como sobrecogidos por una oscuridad de pozo al que no nos atrevemos a asomarnos por miedo a encontrar una imagen de nosotros que no nos satisfaga.

Tienen cada tarde las mesas de las cafeterías una quietud conventual que se acompaña de inaudibles conversaciones en las que parece que siempre hay algo trascendente y secreto que contar. Murmullos de un tono beis que se diluyen entre los posos del café y terminan volatilizados por el todo el local con una suavidad de abrigo, la loza caliente entre las manos, mientras afuera las luces de las farolas alumbran el vertiginoso ritmo de una ciudad que toca con la idéntica improvisación con la que lo hace la música de jazz.



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