viernes, 1 de febrero de 2019

Nosotros, la carretera y música italiana

A veces los recuerdos más sencillos son también los más emotivos y surgen de la manera más inesperada. Tan solo es necesaria una ligera conversación en torno a una selección de viejos discos que uno creía tener casi olvidados por completo para que, súbitamente, aparezca ante nuestras pupilas un leve asomo de nostalgia que nos permita durante unos segundos viajar en el tiempo y recordar, con meridiana precisión, pequeños retazos de esa vida que es la nuestra y que se habían quedado apilados junto a otros recuerdos que iremos rememorando cuando menos sospechemos, igual que aquellos discos de música que repentinamente dejamos un día de oír sin que existiera una justificada razón para hacerlo.  

Fue así, con esa ingenua emotividad que producen las cosas antiguas que uno reconstruye sin esfuerzo, como logré sentir de nuevo la nerviosa emoción que me producía el saber que era domingo y que ese día aparecería él por la casa de mi madre en el mediodía gris de un invierno en Granada, puntual como si estuviese llegando a una cita médica, para comer con nosotros y preguntarnos a mis hermanos y a mí cómo nos iban las clases del instituto y del colegio, y charlar después con mi madre sobre todas aquellas cosas de la familia de mi padre que yo escuchaba con atención de seminarista sin llegar a entender nada del todo. Mientras iba subiendo en el ascensor, recorriendo luego el escaso pasillo hasta la puerta de entrada, apostaba en silencio conmigo si la corbata de ese domingo sería de rayas o lisa, de seda o de lana, o si volvería aparecer con unos zapatos y una camisa nueva o si llevaría puesta aquella americana marrón de espiga que tanto me recordaba a la que solían llevar algunos detectives de las películas, o si aparecería igual que la última vez con un pañuelo asomando ligeramente por el bolsillo de arriba, colocado ahí con esa descuidada elegancia con la que, años después, me enseñaría a ponérmelo para que pudiese ir tan distinguido como él cuando tuviera que asistir a la boda de un amigo.

Observando a mi tío Fernando, mirándolo con esa febril devoción que su estampa me causaba a los trece años,  me preguntaba por qué la mayoría de los hombres no vestían cómo él ni desprendían esa elegante y natural predisposición en el detalle con la que él solía encender un cigarrillo o se ajustaba el nudo de la corbata frente al cristal de un escaparate, prometiéndome en aquel entonces que cuando tuviera su edad y estuviese trabajando en no sé cuál de los miles de oficios que llegué a imaginar en el futuro para mí, me vestiría y fumaría igual que él y hasta escucharía la misma música que él solía llevar en su coche. Y es que lo más maravilloso de aquellos domingos con mi tío llegaba siempre después de la comida, cuando nos montaba y a mi hermano y a mí en aquel Volkswagen Golf  de tres puertas y nos llevaba toda la tarde de paseo con el pretexto de tomar un café o de acompañarlo a comprar algún cacharro para su casa. Sin necesidad de que ninguno de los dos le dijese una sola palabra, él sacaba de la guantera aquella cinta de famosas canciones italianas y viajábamos por la nacional que conducía hasta Motril o nos adentrábamos por carreteras secundarias que pasaban por pueblos de los que yo jamás había oído hablar. De esa forma pasábamos buena parte de la tarde del domingo, cambiando de pueblo con la facilidad con la que él cambiaba cada día de camisa y hasta de zapatos o de cinturón, sentados en una terraza del paseo marítimo o buscando un taller de forja cerca de Órgiva que finalmente encontrábamos después de mucho preguntar. Y cuando llegaba la hora de pagar y lo veía sacar del bolsillo trasero del pantalón su abultada cartera de piel negra, no tanto por el dinero como por la gran cantidad de papeles doblados y de tarjetas de personas que iba conociendo, me parecía que mi tío Fernando custodiaba allí los secretos de una apasionante existencia que ni siquiera yo era capaz de imaginar del todo, como si la vida que tenía cuando no estaba trabajando o restaurando un viejo cuadro o pintando una silla que compró en un rastro de Guadix fuera de una seductora clandestinidad  que alentaba aún más la fascinación que yo amontonaba hacia él.

Y aunque muchos domingos repetíamos algunos de los pueblos y de los bares de carretera en los que nos parábamos, y aunque la cafetería de Motril fuese siempre la misma y casi con las misma personas de la vez anterior, como si se hubieran convertido ya  en una parte indispensable de la decoración, a mí era el viaje hasta esos lugares lo que más ilusión me provocaba, pues aquel era un tiempo y un mundo que nadie podía arrebatarnos y  en el que no importaba nada más: tan solo nosotros tres, la carretera y esas viejas y pegadizas canciones italianas de Ricchi e Póveri, de Al Bano y Romina, de Umberto Tozzi, de Giani Bella, de Jimmy Fontana, de Rita Pavone, de Franco Battiato, de Nicola Bari…, y las de tantos otros cantantes con nombres y apellidos acabados en una i latina que hacían irrepetibles cada una de aquellas tardes. Desde la parte trasera del coche, apoyado en el respaldo del asiento de mi tío Fernando, lo veía conducir y manejar el radiocasete para seleccionar una canción concreta, y sentía hacía él una inagotable admiración que hoy vuelvo a recuperar en forma de palabras para agradecerle todos y cada uno de esos inolvidables domingos de mi infancia.

A mi tío Fernando



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