sábado, 6 de abril de 2019

Atípicos superhéroes

La primera vez que los vi pensé que se habían perdido; que se hallaban de visita con sus maestros y sus compañeros de colegio y que se habían despistado de ellos de un modo intencionado, deseando averiguar, con esa ávida inquietud con la que los niños miran las cosas que les rodean a esas edades tan tempranas, el inminente futuro que a ellos mismos les aguarda cuando vengan a estudiar al instituto a partir del curso siguiente. Días más tarde, descubrí no sin asombro que estaba equivocado; que aquel día no hubo visita alguna de ninguno de los colegios de la zona y que en realidad no la hubo en toda la semana. Quizá ya sucedió y esta vez fui yo quien ni siquiera se enteró de cuándo tuvo lugar, andando siempre de acá para allá entre alumnos y compañeros de profesión que entran y salen de la Sala de profesores con la idéntica premura con la que lo suelo hacer yo en cada cambio de hora, tiranizados por la dictadura de un timbre y de un trasiego de clases que apenas nos deja un par de minutos libres para acudir al baño si no es durante el tiempo del recreo.

Sin ser del todo consciente de que lo hacía, comencé a buscarlos con la mirada durante los días y las semanas siguientes, a fijarme en ellos con una curiosidad casi de antropólogo, evidenciándose en cada observación que hacía la fabulosa complicidad que existe entre ellos y que ahora, al recordarlos de nuevo mientras escribo en mi casa, inevitablemente vuelven a arrancarme una sonrisa que tiene algo de secreta envidia. Demasiado bajitos -tal vez- para la edad que tienen; bastante delgados; la piel paliducha y las ropas que les quedan un poco holgadas, tres de ellos comparten además otros peculiares rasgos de su fisonomía: el pelo moreno y corto, un poco arremolinado, y unas gafas oscuras de pasta que se destacan en exceso sobre sus caras menudas. El otro, el cuarto, aunque posee la misma estatura y delgadez que sus amigos, es el único que no usa gafas y tiene el pelo rubio y unos ojos azules que le otorgan ese aspecto de ser el líder de esta fantástica pandilla que, cuando los veo, siempre van juntos por los pasillos del instituto.

Pero sin duda alguna lo más curioso sucede cuando llega la hora del recreo. Igual que en esos restaurantes y bares en los que algunos clientes, a fuerza de la costumbre, tienen ya un sitio reservado que siempre está libre para ellos cada vez que acuden allí, estos cuatro superhéroes -como nos gusta llamarlos de forma afectuosa a mi amigo Carlos y a mí-, ocupan cada día a la 11:20 la mesa que hay en una de las esquinas de la cafetería, y despliegan sobre ella la batería de bolsas de gusanitos y demás chucherías que compraron minutos antes con la idéntica rapidez con la que un rayo aparece y desaparece del cielo en los días de tormenta. Y a pesar de que ellos pertenecen al nivel educativo más bajo de la enseñanza secundaria, nadie, ni siquiera los alumnos de bachillerato, les disputa nunca en los recreos la propiedad de ese sitio, como si fuese algo establecido ya también por la costumbre y todo el mundo en el instituto diese por sentado que ese es el rincón de los cuatro fantásticos; el lugar en el que comparten su sabrosa riqueza igual que si estuvieran repartiéndose las joyas de un tesoro encontrado. 

Me encantaría saber de qué hablan durante esos minutos del recreo; qué será aquello que de pronto les causa tanta risa o lo que hace que abran repentinamente los ojos detrás de sus gafas de pasta con un asombro casi desconcertante. Algunos días, sin que ellos lo sepan, mi amigo Carlos y yo teorizamos sobre cuál será el tema de conversación que están teniendo en ese momento. Incluso, otras veces -siempre desde una óptica cariñosa-, hemos bromeado con la idea de que ese frágil aspecto que poseen los cuatro, desaparece por completo por las noches, cuando todo el mundo duerme. Entonces, ellos, como en las mejores películas de aventuras, se enfundan en sus trajes de superhéroes y vigilan las calles para que los malhechores no hagan de las suyas.



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