lunes, 23 de diciembre de 2019

El Cabo Torrijas

Como a tantos otros, la Guerra Civil le pilló de improviso. Ni siquiera había hecho el servicio militar, sino que era uno de aquellos soldados de cuota que únicamente desempeñaban una simulación de disciplína cuartelaria en las pocas horas del día que pasaban en el cuartel, durante los tres meses que debía durar su instrucción. Y a pesar de ello, estuvo a punto de matar a un hombre. Así se lo confesó a mi madre mucho tiempo después, cuando la contienda hubo acabado y el frente de Granada al que lo obligaron a ir —extendido junto a la antigua Venta de las Angustias—, se había convertido ya en un recuerdo polvoriento y terrible en la memoria de mi abuelo Adolfo.

Fue allí donde un superior lo escogió junto a otros soldados y se los llevó aparte para decirles que, a la mañana siguiente, partirían temprano para hacer una saca. Contaba a mi madre —igual que ahora ella me lo cuenta a mí, mientras pasamos en coche junto al puente de Tablate—, que la noche de antes apenas pudo dormir por la ansiedad que le provocaba la inminencia de la muerte o del asesinato; lo mismo daba, pues él no entendía aquella forma tan cruel de matar en la que no había lugar para el valor de los viejos combates. Embozado en una sucia manta que apenas le ayudaba a mitigar el frío de la madrugada en mitad del campo, un rostro anónimo se acercó de pronto hasta donde estaba tratando de conciliar un sueño imposible y le pidió cambiarse por él en el grupo, a lo que mi abuelo accedió con alivio. Cuando le preguntó por qué quería participar de aquel salvajismo, este le respondió que su familia había caído en la otra zona y que probablemente los rojos ya habrían hecho lo mismo con los suyos. Mi abuelo no supo que responder. Tan solo se quedó mirando en silencio como aquel hombre se dormía junto a la parte trasera del camión en el que se marcharía con las primeras luces. Después, nunca más volvió a verlo.

Los tres días siguientes allí fueron posiblemente los peores de su vida. Sufrió una grave insolación por culpa del calor infernal del verano en Granada y hasta le dio una subida de sangre, que era como llamaban entonces a alguno de los síntomas de la fiebre tan alta, por lo que lo llevaron de vuelta a la ciudad. En cuanto se curó, permaneció en la Intendencia y ya no regresó al frente. 

Huérfano desde hacía poco tiempo, consiguió de un Teniente vecino suyo en el barrio del Realejo, un permiso especial para trabajar por las mañanas en el obrador de la pastelería de sus padres, y que tan solo tuviera que regresar al cuartel durante las tardes, pues su hermano Pepe estaba de médico militar en Madrid y sus hermanas apenas se bastaban ellas solas. Fue así como se ganó el apodo del Cabo Torrijas. Un día, quizá para cobrarse el favor que le hizo, el Teniente Candenas le encargó un postre ante la visita de una persona importante al cuartel, de modo que fue con el nombre de aquellos dulces con el que empezaron a llamarlo en el tiempo que permaneció allí.

Hoy, ochenta y tres años después, mi madre extrae del cajón de una vieja consola un par de fotografías de mi abuelo vestido de uniforme mientras me cuenta de nuevo la historia del Cabo Torrijas, y veo cómo las mira con un brillo especial en los ojos, al saber que su padre, aunque no sirviese de mucho, fue fiel a sus principios y nunca le quitó la vida a nadie; ni siquiera, en aquella maldita guerra nuestra.

Mi abuelo Adolfo vestido de soldado, en los días previos al estallido de la Guerra Civil.

A mi abuelo Adolfo.
A mi  madre.

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