domingo, 15 de noviembre de 2020

Libros de otros

He tratado de imaginar quiénes escribieron cada una de las frases que han quedado cinceladas para siempre en ese libro, porque a juzgar por los tipos de letra que he encontrado, creo que no me equivoco al pensar que fueron varias las personas que lo hicieron, pero no lo consigo; y aunque intentara ponerle un nombre y un rostro a cada uno de ellos, todo ese esfuerzo sería en vano, pues dudo que alguna vez llegue siquiera a descubrirlos con la veracidad que tuvieron sus vidas en el tiempo de los vivos.

 

La primera de ella es toda una declaración de intenciones; o un regalo; como lo fue para mí después de que ella lo encontrara en un puesto de libros de segunda mano en Sevilla, en el polígono de san Pablo, como si fuera una premonición de que algún día iba a acabar en mis manos, apenas unas semanas después --quizá fueron meses-- de que le dijera que quería leer las Cartas a Theo que Van Gogh le escribió a su hermano, y que ahora, gracias a ella, tengo en una curiosa edición del año 1971. Tan solo una frase sencilla pero que atesora todo cuanto uno espera de una obra tan personal como esa: “este libro es una joya”. Luego, una obligada recomendación para que siga circulando por el mundo, entre la vida de la gente: “cuidadlo”. Para que pueda continuar recorriendo un camino que le ha llevado desde no se sabe dónde, hasta mi casa de Granada cuarenta y nueve años después. Ambas frases, escritas  con bolígrafo azul por la misma mano, están justo al principio, con la idea de que uno las vea nada más abrir la parte delantera de la cubierta, igual que una invitación a entrar en el particular universo del malogrado pintor postimpresionista.

 

Las otras están justo al final, manuscritas en rojo y en azul, tan distintas entre sí, no solo en su peculiar caligrafía, sino también en lo que dicen o en la forma de decirlo, compartiendo únicamente los tachones de unas primeras ideas que por alguna razón a ninguno llegó a convencer.  Una parece la parte inacabada de un poema algo más largo. O quizá son solo unas pocas reflexiones personales de alguien que pasaba un mal momento. O tal vez simplemente le gustase escribir cosas tristes --como afirman algunos que hago yo--, y le vinieran de pronto a la cabeza y no halló un lugar más apropiado en el que anotarlas antes de que se desvanecieran para siempre. La otra tiene una letra que me recordó nada más verla a la de aquellos documentos fotocopiados que tratábamos de descifrar en las clases de Paleografía de la universidad, y que tantas sorpresas nos depararon a mis compañeros y a mí. Sin embargo, esta caligrafía de la cubierta trasera del libro, nada tiene que ver con los antiguos contratos de obras de arte que el profesor Lázaro Gila nos entregaba para practicar, sino que parece ser que trata de una película titulada La comedia de la vida, porque escribe sobre la dirección y los actores y sobre cómo estos no lograron una interpretación más sublime, opinando igual que lo haría un experto en la materia, como si fuesen unos rápidos apuntes para una charla, o eso quiero pensar, aunque ignoro por completo a cuál de las versiones se refiere, pues su escritura es tan hermosa como enrevesada.

 

Tal vez, cuando termine de leerlo, escriba yo también en alguna de las páginas. Quizá lo haga bajo la sugerente frase inicial, o después de esa especie de versos tan amargos; y si al final me decido a escribir algo, lo haré con esa letra de médico que dicen que tengo mis alumnos y amigos, pero que a mí me gusta tanto porque sencillamente es la mía. Así que tal vez me decida a dejar mi impronta en ese libro y después me desprenderé de él para que prosiga su viaje interminable, y  de esa forma alguien podrá leer en el futuro lo que yo escribí también en ese libro que fue de otros.


A Mady, con cariño.     


   












 

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