lunes, 8 de febrero de 2021

Última función

Le sobresaltó la rotundidad de los golpes al otro lado de la puerta, incongruentes con la voz juvenil que le avisaba de que tan solo quedaban treinta minutos para su actuación. Cuando se supo de nuevo a solas, oyendo desde el interior los pasos alejándose sobre la grava del suelo, volvió a coger la esponja de maquillaje y continuó empolvándose la nariz y la cara, y al terminar permaneció un rato en silencio observando su rostro cansado y viejo en el espejo en el que aún no había sustituido un par de bombillas fundidas. Con la espalda dolorida por el peso de los años, se levantó trabajosamente de la silla para cerciorarse de que había echado el pestillo a la puerta nada más despertar de la siesta; corrió luego la cortina de la ventana trasera de su roulotte,  y a salvo ya de interrupciones y clandestinas miradas, sacó de nuevo la botella medio vacía de ginebra que guardaba ingenuamente  en una caja de zapatos, como si aquel fuera el mejor escondite del mundo. Buscó sin éxito un vaso vacío entre las muchas pertenencias desordenadas que había ido acumulando con el paso del tiempo, y después de un resoplido de fastidio, decidió beber directamente de la botella, a pesar de que nunca le gustó hacerlo de ese modo, pues siempre consideró que aquella era la forma en la que bebían los borrachos indignos. Utilizando una de las toallas de papel con las que se limpiaba los restos del maquillaje al concluir cada actuación, se secó las gotas de ginebra y saliva que se le derramaron por la barbilla mal afeitada con el primer trago, y fue entonces cuando se percató de que aquella iba a ser la última botella que se bebería en su vida, riendo para sí con gran sarcasmo, y celebró su propio hallazgo con un nuevo trago más largo que el anterior.


A pesar de que todavía le quedaba tiempo de sobra, decidió vestirse ya con el uniforme que se había convertido en una segunda piel durante los últimos veinticinco años, tan lleno de remiendos como lo estaba su cuerpo de cicatrices, sin conceder nunca un cambio significativo en su estética o un signo de modernidad;  el uniforme plateado con estrellas naranjas bordadas en los laterales de las mangas y de las perneras del pantalón, y el casco blanco con las letras de su nombre ficticio grabadas en la parte trasera con un color de rojo fuego, porque aquel atuendo era parte de la magia del hombre-bala, el mismo que había dejado boquiabiertos a niños y mayores, rompiendo luego en un estruendo de aplausos que cada vez era menos ruidoso. 


Mientras iba dejando de ser él mismo y se convertía por última vez en el fantástico hombre-bala, se dedicó a observar con nostalgia las fotografías en blanco y negro que decoraban aquella caravana que hacía las veces de vivienda, camerino y escondrijo de un mundo en el que ya no deseaba continuar actuando. Al verlas, sintió una punzada de tristeza y miseria, y solo entonces vislumbró con una transparencia de vitrina lo que ya intuía desde hacía tiempo: que la gente ya no necesitaba de sus saltos imposibles y heroicos, y que su espectáculo, el circo entero, se había convertido en una antigualla de épocas mejores, así que adónde iba ir él, a sus cincuenta y tres años, que no había hecho otra cosa en la vida salvo volar desde un cañón descomunal hasta una red situada al otro extremo de una explanada yerma y sucia. De manera que tomó la decisión en una de las pocas tardes sin alcohol; una tarde de abstinencia en la que se convenció de que no seguiría ni un día más arrastrándose por pueblos y ciudades en los que cada vez eran menos los elogios y más los abucheos y las humillaciones de adolescentes desvergonzados a quienes su salto les parecía un truco de segunda categoría. Cuando terminó de cerrarse las cremalleras del traje y de abrocharse la hebilla de su galáctico cinturón, se bebió lo poco que quedaba ya en la botella, y tras un nuevo vistazo al interior de su particular universo, abrió la puerta y salió dispuesto a ofrecerle al público de esa noche un espectáculo inolvidable.


No sin dificultad, subió hasta la plataforma situada a la altura de la boca del cañón. Con cada peldaño que dejaba atrás, iba recordando algunas de sus actuaciones más memorables. El proyeccionista encargado de iluminar con el foco su figura espacial a cada instante, se percató de que ascendía más trabajosamente que de costumbre, pero no le dio demasiada importancia, pues todos en la familia del circo estaban al corriente de su afición a la bebida en los últimos tiempos. Lo que el proyeccionista no intuía, como tampoco nadie lo supo jamás, es que alguien ayudó al hombre-bala esa misma mañana a desviar el cañón de su posición original para que resultara del todo imposible que cayese sobre la red. Con una sonrisa de liberación en la boca, realizó desde lo alto de la plataforma su saludo habitual, y se introdujo en la oscuridad cóncava sin fisuras del cañón; una vez dentro, sin que nadie pudiera verlo ni tampoco evitar que lo hiciera, se desabrochó el correaje del casco y se lo quitó. Desde el interior de su cueva, escuchó una última vez la cuenta atrás que, desde el número diez, el público solía corear, animado por el director de pista, antes de que la mecha que lo lanzaría a la inmortalidad se prendiese.


Solamente unos cuantos espectadores se percataron desde el instante mismo en el que su cuerpo salió expulsado, de que llevaba el casco entre sus manos. Unos segundos después, el rumor se extendió de inmediato casi con la misma velocidad con la que su figura ascendía hasta el infinito, y para cuando llegó a oídos del director, todo era ya demasiado tarde. Su cuerpo se precipitó al vacío con una fuerza desproporcionada, y el impacto de su cabeza contra el suelo le provocó una muerte inmediata. Algunos entre el público gritaron aterrorizados, pero la mayoría enmudeció, sin entender el porqué de aquel despropósito, ignorantes por completo de las estrecheces que arrastraba consigo, de sus penurias, de los sueños que a veces tuvo, y desconocedores hasta de su nombre real, pues siempre permaneció en la memoria de la gente como el fantástico hombre-bala.







 

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